ARTE / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
En 1264, durante el último año de su pontificado y mediante la bula Transiturus de hoc mundo en la que condenaba la herejía de Berengario de Tours sobre la transubstanciación, Urbano IV instaura una de las festividades más importantes de la cristiandad, el Corpus Christi. El acontecimiento supuso la sanción litúrgica a toda una serie de sucesos milagrosos acontecidos desde comienzos de la centuria en distintas partes de Europa, que tuvieron como denominador común el protagonismo de sagradas formas manando sangre. Recordemos tan sólo dos de los más famosos.
Uno tuvo como escenario los territorios levantinos próximos a Játiva. Allí, el 23 de febrero de 1239, las tropas cristianas de Daroca, Teruel y Calatayud se disponían a conquistar a los musulmanes la fortaleza de Chíos. Antes de la batalla, los capitanes de las mesnadas aragonesas asistían a una misa cuando, inmediatamente después de la consagración, un ataque por sorpresa de los agarenos obligaba a suspender la ceremonia y al capellán a ocultar las hostias, envueltas en un corporal, bajo un promontorio rocoso. Resuelto el choque con el triunfo cristiano, al ir a recuperar las formas, éstas aparecieron empapadas en sangre y pegadas al lienzo. Las reliquias, interpretadas desde el primer momento como símbolo de protección y de victoria frente al Islam, fueron depositadas en la iglesia de San Marcos de la ciudad de Daroca, custodiadas en el interior de una arqueta relicario cincelada en plata para tal fin.
Si la leyenda de los Corporales de Daroca es la más conocida en el ámbito hispano, otra, sin embargo, fue el detonante inmediato de la decisión adoptada por Urbano IV, pues en ella, además del fenómeno de la sangre, se incorporaba la duda sobre el concepto teológico de la presencia real de Cristo en la eucaristía. Según ésta, un sacerdote bohemio, de viaje por Italia, hizo un alto en el camino en la ciudad de Bolsena para celebrar una misa. Es allí, en el momento de la consagración, cuando le sobrevienen las sospechas sobre la transubstanciación. Al punto, el corporal que tenía sobre el altar se cubrió de la sangre que manaba de la hostia que sostenía alzada en las manos, despejando todas sus dudas. Verificado el milagro por el papa, éste instituye la fiesta del Corpus y decide la construcción de un gran templo que, a modo de ostensorio arquitectónico, honrase debidamente a las reliquias. El lugar elegido fue Orvieto, colocando la primera piedra de su catedral Nicolás IV en 1290. Años más tarde, entre 1337 y 1339, el orfebre Ugolino di Vieri realizó la arqueta para cobijar los corporales, obra maestra del esmalte traslúcido italiano y cuyo frente reproduce, a escala, el esquema tripartito de la fachada del Duomo.
Tanto una historia, como otra, se encuentran en la base de un auge sin precedentes del culto a la eucaristía en el siglo xiii, devoción potenciada desde los púlpitos por los sermones de teólogos de la categoría de San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino.
Pronto, a estos milagros eucarísticos «contemporáneos», la tradición vino a sumar otro que había tenido como protagonista al papa San Gregorio Magno, allá por el siglo vi (aunque no hay constancia documental de la historia hasta el xiv y todo parece indicar que realmente se trata de una incorporación de esta época, al amparo precisamente del fervor del momento). Éste recordaba la visión que tuvo el pontífice del Redentor quien, ante la duda de uno de los fieles sobre su presencia en el pan y en el vino, se le apareció bajo la efigie del Varón de Dolores en el instante mismo de la consagración. Del simbolismo más críptico de la sangre, se había pasado así a la revelación física del propio cuerpo de Cristo como confirmación tangible de su presencia oculta en las especies eucarísticas.
Y como siempre ocurre, también este proceso ideológico fue analizado y traducido por los pinceles de los artistas de finales del Gótico. Su representación más característica, la Misa de San Gregorio, se convertirá durante los siglos xv y xvi en uno de los temas iconográficos de mayor éxito, especialmente entre los pintores del Norte de Europa. Para no insistir en las distintas variantes que adoptó, remitimos al artículo publicado en esta misma sección el 30 de noviembre de 2004 por Susana Calvo: Bizancio y Occidente. Un milagro fascinante (III). Sí nos parece interesante recordar, en cambio, cómo entre sus reflejos más tempranos se encuentra una tabla incluida en el retablo promovido por el Arzobispo de Toledo don Sancho de Rojas. Realizado ca. 1415 y 1422 por un pintor identificado con el Maestro Rodríguez de Toledo por su similitud con los frescos de la capilla de San Blas de la catedral toledana, supone el ejemplo más depurado de la influencia del arte giottesco en la corona de Castilla.
La composición es equilibrada, con una especial preocupación por resolver problemas espaciales y por presentar las imágenes dentro de un escenario creíble –aspecto no resuelto de forma del todo satisfactoria con la presencia de varios puntos de fuga, divergentes en muchos casos–; las figuras son corpóreas, con atención a la anatomía en el cuerpo del Cristo muerto y subrayando en el resto los volúmenes a partir de los pliegues y del sombreado de las vestiduras; y el cromatismo es suave, armónico, con la incorporación de la paleta de malvas y rosados tan grata a los pintores del Trecento florentino.
Encargado por el prelado para la iglesia del monasterio de San Benito de Valladolid, pasó de allí a la parroquial de San Román de Hornija. En 1929 el retablo es adquirido con destino al Museo del Prado.