ARTE
Por Christian Osuna
Jesús Blasco (1919-1985) fue un precoz dibujante que con tan sólo dieciséis años se estrenó en revistas infantiles y juveniles como Mickey, Pocholo y Boliche. Tras el duro trance de la Guerra Civil y su internamiento en campos de concentración franceses, de regreso a su Barcelona natal, comenzó a trabajar para la revista Chicos, publicada en Madrid por Consuelo Gil. En las páginas de Chicos, y en otras publicaciones de la misma editorial, sus personajes Cuto y Anita Diminuta se convertirían en referentes culturales para los jóvenes lectores de la década de los cuarenta. En aquella época, Blasco también produjo numerosas series de historieta, ambientadas, la mayoría, en la Segunda Guerra Mundial.
Avanzando la década de los cincuenta, mientras continuaba trabajando para el mercado nacional, cada vez más inestable, recibió ofertas de semanarios juveniles británicos donde ilustró series del Oeste americano, cómic bélico, aventuras históricas o románticas. También destacó como ilustrador. Junto a sus hermanos Alejandro, Adriano y Pili —que habían seguido sus pasos profesionales en las revistas infantiles españolas—, Jesús Blasco terminó creando un estudio profesional que, durante los años sesenta y setenta, produjo una ingente obra de cómic e ilustración para revistas de numerosos países. La marca Blasco mostró un camino a los dibujantes españoles, mientras la industria editorial local languidecía frente a la imparable invasión del cómic inglés y norteamericano y ante la competencia que, de forma rápida, supuso el cine y, un poco más tarde, la televisión. Entre su producción para el extranjero, las series más populares que llegaron a los lectores españoles fueron Zarpa de Acero o Los Guerrilleros, esta última para la revista belga Spirou.
Jesús Blasco continuó trabajando en infinidad de proyectos en su estudio de Barcelona hasta su muerte en 1995. Destacables fueron su versión de la Biblia para la editorial Dargaud; El libro de las maravillas de Marco Polo y la serie Tex Willer para el mercado italiano; o la recuperación de El Capitán Trueno, junto al guionista Víctor Mora (este último proyecto se truncó por el cierre de Editorial Bruguera en 1986). Blasco llegó a participar, junto al guionista Pat Mills, en la renovación del cómic británico que supuso la aparición de los primeros números de la mítica revista 2000AD.
La polifacética carrera de Jesús Blasco fue fructífera y continua hasta prácticamente el final del siglo xx. Por ello puede ser tomado como paradigma de la historia del tebeo español. En su biografía podemos encontrar una muy precisa narración de lo que fue la profesión de dibujante de historieta en nuestro país. Fue un autor que disfrutó de éxito en la emergente y efímera industria española de la posguerra y la impulsó, junto a otros como Emilio Freixas, Ángel Puigmiquel o Alfons Figueras. Pero además fue un hombre de industria que confió y apostó fuerte por el trabajo en equipo: creó su propia agencia editorial, internacionalizando el talento creativo de sus hermanos y el suyo propio.
A partir de los años setenta, Blasco fue un referente artístico y profesional para los jóvenes autores que nutrieron el efímero crecimiento editorial de las llamadas «revistas de cómic adulto». Su proyección y dedicación al mercado internacional no le dejaron tiempo para publicar demasiado en aquellas revistas, aunque no se mantuvo completamente ajeno a la industria local. Siempre inquieto, fue presidente del Salón del Cómic de Barcelona en sus primeros años y colaboró o prestó su apoyo a diferentes reivindicaciones sectoriales. Entre los premios que se le concedieron en vida figuran el Yellow Kid (en otra época un auténtico referente para los historietistas de todo el mundo) y la condecoración honorífica francesa de la Orden de las Artes y las Letras.
Su obra no solo es amplia en cantidad de páginas y géneros: en su variedad de estilos hallamos un excepcional crisol de influencias con el que sintetizó a los clásicos que le influyeron desde la infancia. Es muy interesante la evolución gráfica de su personaje de referencia, Cuto, que fue creado como un personaje infantil, a partir de los intuitivos trazos de un adolescente apasionado por el Mickey Mouse de Floyd Gotfredson o el Popeye de E. C. Segar; en solo diez años, se convirtió en perfecto libro de estilo de la historieta realista de aventuras, como herencia inmejorable de Alex Raymond y, sobre todo, de Milton Caniff.
Su legado ayuda a entender la importancia que las revistas de historieta y toda la industria del tebeo (sobre todo en los años cuarenta, pero también en los cincuenta y sesenta) tuvieron en la cultura popular y en la sociedad española. Su ingente producción y su larga trayectoria definen el aspecto visual de la industria editorial de la comunicación y el entretenimiento, infantiles y juveniles acaso, en la Europa del siglo xx. También su compromiso ideológico reclama un intenso estudio, tal y como reflejan las páginas de, por ejemplo, Tragedia en Oriente, una de las más celebradas aventuras de Cuto: publicada en la España franquista del año 1945, estaba teñida por un arriesgado mensaje pacifista y antitotalitarista de forma absolutamente consciente.