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Miércoles, 16 de diciembre de 2009

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LITERATURA

Eduardo Mendoza y La verdad sobre el caso Savolta

Por Margarita Garbisu Buesa

En su Curso de literatura europea dice Vladimir Nabokov que todo buen escritor tiene que ser narrador, maestro y encantador; narrador porque entretiene, maestro porque enseña, y encantador porque emociona con la estética, elevando la creación a categoría de arte. Cuando en 1975, tres meses antes de la muerte de Franco, Eduardo Mendoza sacó a la luz La verdad sobre el caso Savolta, sorprendió a todos, público y crítica, porque en ella supo aunar estos tres rasgos con genialidad.

La verdad relata los oscuros acontecimientos que vivió la empresa Savolta entre 1917 y 1919 en Barcelona. Esos dos años encuadran, además, la estancia en la ciudad de Javier Miranda, el protagonista de la novela, quien se ve involucrado en los turbios sucesos de la compañía, al entablar una relación laboral y personal con su director, el enigmático Lepprince. El argumento, a caballo entre novela negra y relato histórico, engancha al lector desde el primer momento, entretiene como el que más.

Al tiempo que nos sumerge en esta trama inquietante, Mendoza nos va contando, página  a página, la Barcelona del momento, con sus tipos, su ambiente y su historia, la suya y la de España; y gracias a una documentación rigurosa, nos enseña —en el más amplio sentido de la palabra— una conflictiva época del pasado de nuestro país, en la que la monarquía se desgastaba, el desempleo y las migraciones aumentaban, las revueltas callejeras no cesaban y los movimientos obreros, socialistas y sobre todo anarquistas, se afianzaban.

Por si fuera poco, Mendoza sabe transmitir trama e historia con una estética deslumbrante, algo compleja —lo suficiente como para exigir un esfuerzo añadido al lector—, pero no excesiva. El escritor, a modo de rompecabezas, entrelaza cuatro discursos narrativos: el digamos que fundamental se centra en la explicación lineal de los sucesos de la empresa Savolta, contados en primera persona por Javier Miranda; después, tres discursos más, constituidos por un narrador en tercera, unas notas judiciales y un artículo periodístico, se intercalan con el previo; y el lector, inmerso como está en una trama que le engancha porque estéticamente le emociona, los va ordenando adecuadamente.

Fue la primera novela de Mendoza, lo que habló más a su favor y le hizo merecedor del Premio de la Crítica. Pero lo realmente apasionante de esta obra  fue que, por un lado, trajo un soplo de aire fresco a la narrativa española, algo perdida en aquella época en experimentalismos epigonales, y que, por otro, marcó el origen de una carrera prometedora. Entonces aún se desconocía, pero algunos de los recursos de La verdad, como la ambientación en Barcelona, y la presencia de la historia de España y Cataluña como parte fundamental de la trama, serían empleados de nuevo por el autor en novelas posteriores. Con mejor o peor resultado, pero siempre procurando entretener, enseñar, emocionar.

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