ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Este Retrato ecuestre de Felipe IV, pintado por Velázquez para el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro de Madrid, salió de la capital de España el 2 de enero de 1937 camino de Valencia, ciudad que se había convertido en sede provisional del Gobierno de la República tras el golpe de Estado de julio de 1936.
El retrato regio viajó en un camión militar conducido y custodiado por milicianos, acompañado en esta ocasión por La rendición de Breda, del mismo pintor. Las obras permanecieron en los depósitos de las Torres de Serranos de Valencia hasta abril de 1938, día en que iniciaron un nuevo éxodo, junto al Gobierno republicano. En el castillo gerundense de Figueras les esperaba Manuel de Arpe, el restaurador que seguía a las obras del Prado en su huida de las bombas alemanas y franquistas desde 1936. El pintor extremeño Timoteo Pérez Rubio (m. Brasil, 1977), a la sazón Presidente de la Junta Central de Patrimonio Artístico, informó al restaurador de los daños sufridos por varios cuadros en el último traslado. El cajón del retrato de Felipe IV a caballo había recibido un golpe con la rama de un árbol, mientras que el de su primer compañero de viaje, Las lanzas, había chocado contra un balcón. Según la ficha del primer cuadro, realizada por Blanca Chacel, miembro de la Junta, «a su llegada a Figueras se abrió, observándose que, por efecto del golpe, la tela del forro sobre todo, y en algunas partes la pintura, se había desclavado del bastidor; pero como la pintura estaba engasada, esto evitó que se rozase por los pliegues que se habían hecho. En el primer momento se sujetó el lienzo y se guardó en la caja». El día 27 de junio, sigue explicando la ficha, entró el cuadro en el taller del castillo de Perelada para ser correctamente reparado. Se desprendió el lienzo del bastidor con el fin de atirantarlo y se engasaron los bordes, pegando el que estaba desprendido para hacer desaparecer la arruga formada. A los cuatro días se le dio la vuelta para arreglar el otro borde y el día 12 de julio se volvió a embalar. El engasado del que habla Chacel había sido realizado por los restauradores del Prado antes de partir de Madrid.
Un mes después, el 7 de mayo, otros dos cuadros sufrían un accidente bastante más grave en el mismo trayecto: La carga de los mamelucos y los Fusilamientos del tres de mayo de Goya se rompieron tras chocar con otro balcón. Según Arpe, éstos llegaron al castillo de Perelada «liados en un cilindro… destrozados y uno de ellos dividido en dieciocho pedazos». Para restaurarlos, según relata el propio Arpe, se hicieron venir del extranjero los materiales necesarios, señal de que la Junta y la Dirección General de Bellas Artes no escatimaban esfuerzos aun en tan precarias circunstancias. El presidente de la República, Manuel Azaña, vivió sus últimos días en España junto a los cuadros del Prado, en Perelada y en la mina de talco de La Bajol, cerca de la frontera francesa. La guerra estaba perdida y llegaba la hora del exilio para muchos españoles. El 3 y 4 de febrero de 1939 comenzó la operación de evacuación de Perelada, dirigida por Timoteo Pérez Rubio. Azaña cruzó la frontera el día 5.
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