LENGUA
Por Pedro Álvarez de Miranda
En un muy difundido ensayo de 1933, «El lenguaje del siglo xvi», escribió don Ramón Menéndez Pidal: «La Reina Católica traía a menudo en los labios una expresión desconocida en tiempo de Juan de Mena: buen gusto, hija de un nuevo factor moral que el humanismo fomentaba. Solía decir la Reina Isabel que “el que tenía buen gusto llevaba carta de recomendación”, y en este dicho de la Reina vemos lanzada, por primera vez en nuestro idioma, esta afortunada traslación del sentido corporal para indicar la no aprendida facultad selectiva que sabe atinar...». El maestro de la filología española verdaderamente se encariñó con el dato y con las consecuencias que de él extraía, pues volvió sobre uno y otras en varias ocasiones, explicándose en términos parecidos y citando de nuevo esa frase entrecomillada que alguien ponía en labios de la reina.
El magisterio de don Ramón, su misma insistencia en la idea y las atractivas implicaciones de esta le dieron inusitada proyección. Varias historias de la lengua (Oliver Asín, Lapesa, Alatorre) se hacen eco de ella, y la reencontramos en páginas de muchos estudiosos, con eminentes discípulos de Pidal —como Castro, Corominas o Rosenblat— a la cabeza. Se daba por establecido: España y el español habían alumbrado, para sí y para el resto de Europa, el concepto de buen gusto, y lo habían hecho nada menos que por medio de su reina más carismática. (Hoy sabemos que nació por esas fechas, sí, pero en Italia: buon gusto). En manos proclives a los entusiasmos retóricos la noticia podía desbocarse, y así ocurrió. Al cumplirse en 1951 los cinco siglos del nacimiento de Isabel, Pemán pudo escribir un artículo titulado «El centenario del buen gusto», y en una conferencia posterior llegó a decir que la acuñación del concepto se había producido «con estilo muy de ama de casa que, con sentido culinario, sabía apreciar el punto exacto de una prosa como el de un guiso o un almíbar». Huelgan los comentarios.
Cuando hube de trazar, en una obra aparecida en 1992 y dedicada al léxico de la Ilustración, la historia anterior de la expresión buen gusto, me hice cargo, como es natural, de las palabras de Menéndez Pidal. Me pregunté por la procedencia de la noticia y de la frase de marras, pero el problema es que don Ramón siempre había abordado el asunto en trabajos que prácticamente carecían de aparato erudito y de notas al pie. Busqué en cronistas coetáneos, en historiadores antiguos y en panegiristas de la reina, pero sin éxito. (De haberlo tenido me habría quedado, por cierto, con la data del testimonio mismo, fuera temprana o tardía, sin retrotraerlo en este último caso, como si de un diferido, e insólito, documento «oral» se tratara, a los días de la reina, pues a la vista estaba que podía ser apócrifo). No libre de aprensiones, inquieto ante tal nebulosa cronológica, terminé asumiendo la validez de la anécdota, fiado en la sólida autoridad del transmisor.
Desconocía por completo que Bruce W. Wardropper había publicado en 1976-1977, en la Revista Hispánica Moderna, un artículo que lo ponía todo en claro. La noticia estaba en la Floresta española de Melchor de Santa Cruz, leída por don Ramón, muy probablemente, en la edición de la Sociedad de Bibliófilos Madrileños (1910). Donde encontramos, en efecto: «Dezía la Reyna que el que tenía buen gusto lleuaba carta de recomendación». Pero esta edición repetía el texto de otra serie de ellas encabezada por una de 1728, y ya en esta el pasaje en cuestión estaba deturpado por una perversa errata. Pues lo que lee la prínceps de la Floresta (1574) es muy otra cosa: que «el que tenía buen gesto lleuaua carta de recomendación». Buen gesto, es decir, ‘buen semblante, rostro agraciado’, y no buen gusto. El dato, de efectos devastadores, no dejaba resquicio a la duda. De paso, Wardropper seguía muy bien —también lo había hecho Maxime Chevalier— la trayectoria de lo que resultaba ser un topos bastante difundido (Correas: «La buena presencia es carta de recomendación y creencia»; etcétera). Y nos recordaba que Gracián —teórico él mismo, por cierto, del buen gusto, pero esa es otra historia— había escrito en su Agudeza, a zaga, seguramente, de Santa Cruz: «A la hermosura apodó la reina Isabel carta de recomendación».
Hay más. En 1993 otra investigadora, Ute Frackowiak, publica un artículo (en Romanische Forschungen) donde, ignorando absolutamente la existencia del de Wardropper, «descubre» de nuevo el tremendo gazapo; con aporte erudito mucho menor, Frackowiak tan solo aduce una edición de la Floresta contaminada por la errata, la de Austral de 1947. Mas hoy que disponemos por fin, desde 2005, de la gran Historia de la lengua española de Menéndez Pidal —de la cual fueron anticipos parciales los trabajos a los que antes me referí— podemos confirmar, pues naturalmente vuelve sobre la cuestión y lo hace esta vez con notas al pie, que la edición que don Ramón tenía delante era, como había sospechado Wardropper, la de 1910.
Con esta historieta ejemplar no pretendo poner a nadie en la picota, pues yo mismo tendría que abrir marcha hacia el patíbulo. Cantada, eso sí, mi palinodia, quería, más que nada, incitar a un par de breves reflexiones.
Una concierne a las dificultades que los avances valiosos de la erudición encuentran para abrirse paso en la jungla bibliográfica de las humanidades. Que varias publicaciones escritas o revisadas después de 1977 desconocieran el fundamental artículo de Wardropper, que lo desconociera incluso —para colmo— quien unos años después siguió los mismos o parecidos pasos, es algo que produce una intensa sensación de desaliento ante la utilidad y el sentido de nuestro quehacer.
La otra puede resumirla el título de una estupenda conferencia de Kurt Baldinger, de obligada lectura: «Esplendor y miseria de la filología». Y desemboca en una consigna radical: lidiando con textos, mejor no te fíes ni de tu sombra.