Cine y televisión
Por Llanos Navarro García
Leo es un excelente jugador (de billar también), que tiene una amante más joven (Charo) con la que no piensa compartir demasiado, y una hija muy guapa (Ángela) a la que no suele ver, con la que tampoco está dispuesto a compartir según qué. Leo, cuyo rostro sólo veremos enmarcado en una vieja fotografía, muere repentinamente y su muerte inesperada constituye el punto de encuentro de ambas mujeres. Charo y Ángela tienen muy poco en común, apenas el recuerdo de Leo, de su explícita o velada tiranía. Eso y la certeza de haberlo perdido todo, la sospecha de que quizá nunca se poseyó lo que ahora se considera perdido. La espada y la pared cobran protagonismo en la existencia de estas dos mujeres, decididas a no dejarse ganar fácilmente la partida. Juntas afrontan el reto de seguir viviendo y, como en el billar, reciben su fuerza de los golpes encajados por la otra, en un juego a tres bandas en el que Antonio (viejo enamorado de Charo, amigo íntimo de Leo) constituye, probablemente, la tercera.
Con una técnica narrativa que recuerda ciertas películas americanas, Gracia Querejeta elabora una cinta en la que la historia principal aparece destacada sobre un colorido tejido narrativo, formado por los hilos de otras, que se dibujan con sucintos y sencillos trazos. Sin llegar a ser una película coral, los personajes secundarios no se limitan a enriquecer dialógicamente la evolución de las protagonistas, sino que muestran sus propios dramas personales, con parquedad pero con autenticidad suficiente para ser reconocidos como seres reales de ficción, es decir, exentos de la simplicidad en que a menudo son recluidos los tipos que pueblan esas películas, convertidos frecuentemente en entes portadores de marcados estereotipos, que convierten la cinta en una simple exhibición de símbolos dialogantes. Nada de eso se produce aquí, lo cual constituye uno de los méritos más notables de la película, además de la excelente interpretación de las actrices protagonistas (y de Amparo Baró) y de la habilidad de la directora para aligerar el dramatismo de una historia a la que sabe dotar de un tono amable —esperanzado, siempre; risueño, a veces— pese a construirse sobre los pilares de la desdicha más contundente. Porque la vida es así, explica ella. Sí, así es la vida, al menos así deciden vivirla los protagonistas de Siete mesas. No es mala la propuesta.