LITERATURA
Por Blas Matamoro
José Emilio Pacheco (1939). No es frecuente, pero sí expresiva, la situación del narrador cuyo taller ha sido la poesía. Al azar, cabe traer a colación a Valery Larbaud, Fernando Pessoa o Álvaro Mutis. No se trata del tópico que suele denominarse «novela lírica», por el uso o abuso del poema en prosa entreverado con la narración. Por el contrario, conviene que la narración conserve su perfil, sea el que fuere, pero que su lenguaje se produzca con la estrictez del poema, su economía, su resolución o abandono para dejar el blanco final. En fin, el tránsito entre el verso y la novela que suele caracterizar al buen cuentista.
En el caso de Pacheco, la práctica de diversos géneros a partir de una iniciación como poeta, enfatiza con sus ejemplos el modelo antes citado. En efecto, siguiendo la huella de Alfonso Reyes y Octavio Paz, Pacheco ha afinado su lenguaje haciendo poemas pero buscando en dicha práctica los utensilios del ensayo y el cuento, que también conocieron sus maestros, admitiendo que tanto la poesía como el ensayo son formas de un saber poético y que tanto el ensayo como el cuento piensan el mundo con parecido trámite narrativo. Esta aproximación de varias vertientes lo ha llevado, en ocasiones, a ceder la palabra a un heterónimo, Julián Hernández, acaso un personaje de sus novelas.
En su madurez, Pacheco ha escrito, al menos, un par de novelas decisivas para su generación, digamos la que pasó la frontera entre ser joven y la madurez cuando las matanzas de Tlatelolco: Morirás lejos (1967) y Las batallas en el desierto (1981). En ellas hay un doble ajuste de cuentas con la historia mexicana. Una, es independizarse de la herencia revolucionaria porque, como dice la segunda mencionada, ahora las batallas ocurren en el desierto, en un barrio de clase media capitalino, por ejemplo la Colonia Roma. Y dos: porque México es considerado un país de trámite moderno, todo lo atrasado y lastrado que se quiera, pero cuya realidad social y política tiene una actualidad impostergable e indisoluble en arquetipos, ancestros y otros misterios identitarios.
Quizá siga dominando en la visión pachequiana el sesgo profundamente existencial de su poesía. En ella, la inquietud por la angustia de estar vivo que proviene de César Vallejo, se concilia con la meditación de la vida como decisión instantánea y absoluta, perpleja ante la muerte y aliviada de toda plegaria trascendente, de Octavio Paz. Dos formas de existencialismo, si se quiere, la una cristiana y la otra laica —atea y, como tal, muy atenta a la historia de las religiones y a la noción de lo sacro— que resultan admitir unos vasos comunicantes dados por la fluidez del poema. En la obra de Paz, por ejemplo, ya está planteado el dilema de entender a México como un arquetipo de la psicología social o entenderlo como un proceso de transformación histórica, lo que va de El laberinto de la soledad a Posdata.
Pacheco ha contribuido, según se observa, a «desmexicanizar» la literatura mexicana, en el sentido de soslayar cualquier casticismo y dejar estacionada la obsesión identitaria. Mas esto no significa que su mirada universalista se desentienda de la historia cotidiana de su país, lo cual significa historizar la literatura y no someter la historia a la necesidad literaria de, dicho con crudeza, «hacer patria». Pacheco es un escritor inevitablemente mexicano que no tiene nada de mexicanista. Nos ha enseñado que no hace falta el nacionalismo para pertenecer a una nación, que la sociedad no es una tribu.