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Martes, 1 de diciembre de 2009

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ARTE / Claroscuro

Las majas

Por Laura Rodríguez Peinado

El 16 de mayo de 1815 la Cámara Secreta de la Inquisición ordena comparecer a «Goya para que las reconozca (a las majas) y declare si son obra suya, con que motivo las hizo, por encargo de quien y que fines se propuso». Al día de hoy no se han desvelado las incógnitas, excepto la de su autoría.

En 1800 Pedro González de Sepúlveda, académico y grabador, recogió en su diario una visita al palacio del primer ministro del rey, Manuel Godoy, y alude a un «gavinete interior» decorado con las pinturas de varias Venus y la maja desnuda que juzgaba «sin divujo ni gracia en el colorido», pero no hace ninguna mención a la maja vestida, a la que ya se alude en el inventario de las pinturas del Príncipe de la Paz de 1808. Parece que compartían espacio con la Venus del espejo de Velázquez, otra Venus de escuela italiana del siglo xvi y una copia de una Venus de Tiziano en un gabinete oculto a la mirada de intransigentes a una temática que había sido perseguida y condenada por Carlos III y Carlos IV. Pero a pesar de que formaron parte de la colección de Godoy, tampoco se ha demostrado si fue él quien las encargó. La maja desnuda sería pintada en los últimos años del siglo xviii. Su piel nacarada se resuelve con una pincelada larga que proporciona una calidad tersa y esmaltada que contrasta con los tejidos blancos y azules sobre los que reposa su cuerpo, resueltos con una técnica más destellante. La maja vestida se pintaría en los primeros años del siglo xix y su técnica se revela más avanzada, con pincelada suelta y abocetada y un colorido más rico y vibrante, desplegado en la indumentaria ceñida a su cuerpo, realzando sus formas, lo que hace a la joven más incitante, si cabe, que mostrada en su total desnudez; esto llevó a la condesa de Pardo Bazán a definirla como «más que desnuda».

Se ha pensado que Godoy encargó a Goya la doble versión de las majas partiendo de la tradición que existía al menos desde el siglo xvi de pintar el desnudo femenino formando parejas que dieran una visión anatómica completa; aunque también se ha apuntado la visión realista de la pintura española con modelos como la monstrua vestida y desnuda de Carreño de Miranda (Museo del Prado), que Goya podría haber transformado en la monstruosa naturaleza de la sensualidad, según Licht.

En cuanto al modelo, se ha especulado sobre quién pudo posar para el pintor. Parece descartado que fuese la duquesa de Alba y si quien las encargó fue el ministro real, es posible que la modelo fuese su amante Pepita Tudó. Lo que es evidente es que el pintor presenta un modelo real alejado de los modelos plasmados por sus antecesores, que idealizaban el cuerpo femenino para representar deidades clásicas. Posiblemente se trata de una mujer de clase social alta como se desprende por los zapatos dorados puntiagudos que calza la maja vestida, calzado propio de la aristocracia a pesar del bolero amarillo que viste, propio de la indumentaria popular. Su cuerpo voluptuoso, de generosos senos y caderas ,se muestra muy veraz, con una pose que hace que la modelo se exhiba provocadora, sensual y sin recato, lo que contrasta con su rostro inexpresivo y su cabeza, que parece encajada en el cuerpo de manera ilógica, quizás para no desvelar la identidad de la modelo en una sociedad donde no se habría permitido su osadía y descaro.

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