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Martes, 30 de diciembre de 2008

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Arte / Claroscuro

Antonio Muñoz Degrain y su pintura de paisaje

Por Juan Carlos Ruiz Souza

Es muy difícil desligar la imagen pictórica de Muñoz Degrain de su cuadro más célebre Los amantes de Teruel, pintado en Roma en 1881, donde supo tratar con una fuerza operística el drama del amor imposible entre Diego Juan Martínez de Mansilla e Inés de Segura. Frente a la gran pintura de historia y al género literario, ámbitos entre los que se encuentra la citada obra, con tanto nombre propio, se contrapone otro género que alcanzará un protagonismo casi similar, el de la pintura de paisaje, que de forma tan magistral y tan diferente vemos en esta obra del mismo Muñoz Degrain. El paisaje permitía libertad total, contraposición de colores, de ritmos e impresiones, por lo que no es de extrañar que desde el Romanticismo los pintores pudieran encontrar en este género un camino sumamente personal donde mostrar el impulso de su genialidad creadora.

Ilustración. Antonio Muñoz Degrain (1840-1924): «Paisaje del Pardo al disiparse la niebla» (detalle)

Antonio Muñoz Degrain (1840-1924): Paisaje del Pardo al disiparse la niebla (detalle)
Lienzo, 200 x 300 cm Núm. de inventario: 4518

Lejos quedaban ya los clásicos y apacibles paisajes de Claudio de Lorena o de Poussin, o las dos vistas de la Villa Médicis de Velázquez. La pintura española de paisaje en el siglo xix va a contar con una dilatada y fascinante trayectoria, y con un magnífico y nutrido plantel de artistas. Desde el romanticismo grandilocuente de Jenaro Pérez Villaamil, el tema del paisaje recobra una personalidad propia con el realismo renovado y objetivo del pintor belga Carlos de Haes. El paisaje continuó su camino y con los pinceles de Aureliano de Beruete o, posteriormente con los de Zuloaga, se llenó de valores tan nobles y tan morales como los que pudieran encontrarse en cualquier otro género pictórico o literario del pasado y del presente. Entre tanto la revolución del Impresionismo dejó igualmente su huella en un arte que ya nunca más sería considerado de segunda, como se aprecia en los paisajes de Fortuny, Mir o Rusiñol. Con este Paisaje del Pardo al disiparse la niebla, Muñoz Degrain consiguió en 1866 una segunda medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes. Como si de una composición musical se tratase, Degrain consigue en este magnífico lienzo una pintura armónica, de sonidos y silencios, llena de contrapuntos, y claramente personal, ajena a las corrientes realistas del momento. Conjuga de forma magistral la luz que se abre paso de forma inexorable entre la oscuridad de la niebla, en un cielo en movimiento repleto de matices, que dinamiza un paisaje milenario coronado por la cordillera del Guadarrama, en la que se adivina la Pedriza. Le precede el encinar austero y velazqueño de El Pardo, de cuyo sotobosque siempre descolla a modo de contrapunto algún árbol de grandes dimensiones. La quietud del agua en un vado del río y la sombra que sobre ella se proyecta enriquecen la pintura con un nuevo contraste, al igual que la soledad diminuta del guarda a caballo incide en la grandeza del paisaje.

Rondaba los veinticinco años cuando Degrain realizó esta pintura. Por aquellos años ya había conseguido fama propia en la realización de lienzos del mismo género, caso de la Vista del valle de la Murta (Alcira), la Vista tomada en los Pirineos Navarros o en La sierra de las Agujas, tomada desde la loma del Caball-Vernat. Degrain continuó con la misma pasión realizando paisajes a lo largo de su carrera en los que también observamos el protagonismo del ámbito urbano. Siempre se muestra con máxima personalidad, imaginación y fantasía, y consigue como nadie expresar la fuerza de la naturaleza y sus mutantes efectos lumínicos y atmosféricos, como en el sorprendente Chubasco en Granada de 1881 o en su Vista de la Alhambra de 1914. Sus paisajes fueron evolucionando con los años, se recreaban en su imaginación y muchos de ellos se volvieron simbolistas como en Un crepúsculo en Magdala, en Las grutas de los profetas: Jerusalén, o en Vado del Jordán, realizados tras su viaje a Oriente Próximo. Colmado de premios y reconocimiento, a finales del siglo xix, cuando el pintor se acercaba casi a los sesenta años de edad, sucede a Carlos de Haes en la cátedra de Paisaje de la Escuela Superior de Pintura y Escultura de Madrid.

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