Arte / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
El grueso de los fondos con los que fue inaugurado el Museo del Prado en el siglo xix, procedía tanto de las antiguas colecciones reales, como de aquellas obras de arte pertenecientes a conventos y monasterios desamortizados que habían sido reunidas en el denominado Museo de la Trinidad. A este núcleo original se han ido añadiendo con los años un número importante de piezas, bien mediante su adquisición en subastas públicas, bien gracias a las generosas donaciones y legados de instituciones y particulares. En este sentido, uno de los conjuntos más notables fue el legado a su muerte, en 1904, por don Ramón de Errazu y Rubio de Tejada.

Raimundo de Madrazo (1841-1920): Retrato de Ramón de Errazu (detalle)
Óleo sobre tabla, 224 x 96,5 cm
Núm. de inventario: 2614
Con raíces andaluzas y vasco-navarras, Ramón de Errazu nació el 28 de julio de 1840 en la localidad mexicana de San Luís de Potosí, en el seno de una acaudalada familia dedicada fundamentalmente al negocio salinero. Será su dinero el que les abra las puertas de la sociedad aristocrática parisina cuando, en 1854, abandonen su residencia americana para establecerse en la capital francesa, cuyo modo de vida tratarán de emular. Aficionado al lujo, culto y de costumbres refinadas, Ramón comenzará, en la década de los 70, a conformar una importante colección personal de pinturas entre las que destacaban las firmas de artistas contemporáneos como Fortuny, Martín Rico y Raimundo de Madrazo, pintor con el que le unía una estrecha amistad. Murió repentinamente el 17 de octubre de 1904 como consecuencia de una peritonitis en la que derivó una sencilla operación de hernia a la que se había sometido el día anterior. Años antes, en 1896, había incluido un codicilo en su testamento en el que decidía legar al Museo del Prado veintitrés de sus cuadros, número que se vio incrementado en 1902 cuando añadió dos más. Con su legado, la pinacoteca madrileña vio notablemente enriquecidos sus fondos de pintura del siglo xix, especialmente con la incorporación de diez Fortunys, pintor hasta entonces no representado en el museo. Su recuerdo fue conmemorado hace dos años con la celebración de una gran exposición temporal.
Su retrato, obra de Raimundo de Madrazo, nos presenta al protagonista en plena madurez cuando contaba treinta y nueve años. Algo más estilizado de lo que evidencian las instantáneas realizadas por el fotógrafo parisino Disdéri, su porte es el de un caballero distinguido, de cuidada barba y bigote, elegante indumentaria cuya única joya es el pasador de oro que anuda su corbata, y postura relajada, sin artificios, que se convertirá en prototipo del retrato masculino durante el último cuarto del siglo xix. Para evitar cualquier interferencia que pudiera distraer la mirada del personaje, Madrazo emplea un recurso que hunde sus raíces en lo velazqueño al disponerlo sobre un fondo indefinido, de tono uniforme, en el que la diferenciación entre el plano vertical y el horizontal apenas queda insinuada por la tenue sombra que se proyecta tras los pies del retratado. Junto a ellos, en el extremo inferior de la composición, la dedicatoria del pintor: «á su amigo Ramón de Errazu, R. Madrazo. París 1879».