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Martes, 16 de diciembre de 2008

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Arte / Claroscuro

Niños pobres

Por Juan Carlos Ruiz Souza

El pintor madrileño Víctor Manzano fue uno de los artistas más prometedores del panorama pictórico español del siglo xix, artista cuya vida quedó prematuramente truncada, con apenas treinta y cuatro años, víctima de la epidemia de cólera que se desató en Madrid en 1865.

Ilustración. Víctor Manzano (1831-1865): «Un chiquillo sentado (o Estudiante pobre)» (detalle)

Víctor Manzano (1831-1865): Un chiquillo sentado (o Estudiante pobre) (detalle)
Lienzo, 106 x 83 cm Núm. de inventario: 3793

De familia acomodada tuvo una completa y académica formación inicial de la mano de los pintores Joaquín Espalter y Federico Madrazo, que más tarde pudo completar en Italia y Francia, a donde acude para estudiar la pintura europea del momento, que se debatía entre la renovación y el clasicismo, y que tanto valoró la gran pintura de historia y el retrato, géneros en los que destaca claramente nuestro pintor. En París estuvo en el taller del artista François-Éduard Picot, pintor que se formó a principios del siglo xix junto al grandilocuente David. Entre otras obras de Manzano podemos señalar Los Reyes Católicos en el acto de administrar justicia (Palacio Real de Madrid), o Los últimos momentos de Cervantes (Museo del Prado). En el cuadro que nos ocupa Víctor Manzano parece comulgar con la pintura realista que denuncia la pobreza, la enfermedad, o la explotación laboral que producen estragos en amplios sectores de la nueva sociedad que surge tras el hundimiento del antiguo régimen feudal y se dirige hacia un mundo diferente urbano e industrial. Al igual que Víctor Hugo o Courbet, Manzano dignifica al modelo, un niño descalzo con ropas raídas, que mantiene la mirada alta y con orgullo, pues a pesar de su pobreza evidente, tiene entre sus manos un libro, símbolo de la enseñanza y el conocimiento. Hasta ese momento sólo los hombres de ciencia, de la nobleza o de la iglesia aparecían representados con un libro. Por ello, más bien se nos revela una obra pseudorrealista, pues una escena similar no era habitual en la España del xix, de modo que el pintor podría inscribirse dentro del naturalismo barroco, en donde la realidad, por muy real que se presente gracias a la técnica, es más bien ficticia y esconde un significado moral más elevado. Debe tratarse de una alegoría en la que se incide en la importancia que tiene la formación intelectual como medio de liberación, de superación social y de igualdad, tal como ya pudo defender José de Calasanz, pues difícilmente un niño pobre de mediados del siglo xix sabría leer.

Al igual que la pintura realista francesa, Manzano supo encontrar sus fuentes de inspiración en la gran pintura española del siglo xvii. Cómo no recordar los austeros retratos de niños, enfermos o tullidos de Zurbarán, Ribera o Velázquez, de tonos ocres, donde el fondo y el suelo se funden sutilmente, y cuya monumentalidad descarada los iguala a la que por natural parecía solo pertenecer a señores, santos y reyes. Posiblemente sea Murillo y sus niños pobres conservados en la Pinacoteca de Múnich el referente obligado que debemos tener en cuenta al estudiar esta obra, en la que niños vagabundos abandonados a su suerte en las calles de Sevilla aparecen rodeados de frutas y comidas. Lienzos que a pesar de su belleza denuncian y presentan una sociedad de contrastes, al igual que la picaresca en el siglo xvii o las novelas de Benito Pérez Galdós en el xix. Pero a diferencia de Murillo, cuyos niños parecen carecer de un futuro que vaya más allá de la caridad, la sola aparición del libro entre las manos del pobre muchacho parece entreabrir una pequeña puerta de esperanza hacia un futuro posible. Sin duda la sociedad ha cambiado.

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