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Martes, 2 de diciembre de 2008

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Arte / Claroscuro

Demencia de doña Juana de Castilla

Por Juan Carlos Ruiz Souza

La demencia de Juana I de Castilla fue uno de los temas que más fascinaron a los pintores de historia del siglo xix. Una historia de amor con muerto incluido, y encima cierta y ocurrida entre reyes.

Ilustración. Lorenzo Vallés (1831-1910): «Demencia de doña Juana de Castilla» (detalle)

Lorenzo Vallés (1831-1910): Demencia de doña Juana de Castilla (detalle)
Lienzo, 238 x 313 cm Núm. de inventario: 4669

La representación de la muerte y la agonía fueron las imágenes preferidas por los artistas para intensificar el dramatismo de sus obras. Una y otra vez la muerte se vuelve la protagonista de los grandes cuadros de historia del siglo xix español. Los amantes de Teruel, de Antonio Muñoz Degrain; Doña Isabel la Católica dictando su testamento poco antes de fallecer y la Muerte de Lucrecia, de Eduardo Rosales; La muerte de Séneca, de Manuel Domínguez; la Conversión del duque de Gandía al reconocer el cadáver de la emperatriz Isabel de Portugal, de José Moreno Carbonero; Doña Juana la Loca acompañando el ataúd de su esposo por tierras de Castilla, de Francisco Pradilla; el Fusilamiento de Torrijos o Los comuneros de Castilla, de Antonio Gisbert; La leyenda del rey Monje, de José Casado del Alisal, etc. No es de extrañar que la historia de Juana resultase conmovedora. Todavía hoy nos lo parece. Estaba embarazada de su hija Catalina, cuando su marido Felipe el Hermoso murió de fiebres en 1506, en la Casa del Cordón de Burgos. Tras su fallecimiento, se obsesionó con estar siempre junto al cadáver de aquel, a quien le fue sustraído el corazón para enviarlo en una pequeña caja de metal, a su familia a los Países Bajos, según una costumbre medieval. Desde Burgos el cadáver atravesó los campos de Castilla camino de Tordesillas, donde la reina quedaría recluida en su palacio hasta su muerte en 1555. Allí, acompañada por su pequeña hija Catalina, vio pasar más de cincuenta años. En su regia residencia, que estuvo junto a la iglesia de San Antolín, recibió a los comuneros de Castilla, a su hijo Carlos I y a su nieto Felipe II, y mientras tanto visitaba el féretro de su marido depositado en el Real Convento de Santa Clara, hasta que fue llevado a la Capilla Real de Granada en 1525. Ese fue el triste destino de una reina, que llegó a tener bajo su cetro medio mundo, hija de los Reyes Católicos y madre del emperador Carlos V.

Sin llegar a la fama que alcanzará el cuadro de Francisco Pradilla realizado en 1877, en el lienzo que pinta Lorenzo Vallés, once años antes, en 1866, contemplamos igualmente una escena cargada de una enorme emotividad. A nuestro modo de ver expresa incluso con mayor acierto y de forma más poética la demencia de la soberana. Ni siquiera hace falta conocer la historia de los personajes para comprender el episodio que presenta el cuadro en su totalidad y la enfermedad mental de la mujer. La escena ante la muerte del príncipe no puede ser más dramática: la demencia de la reina que pide silencio y la súplica de aquéllos que ruegan a la soberana que deponga su actitud, con la esperanza imposible de que recupere la cordura. La técnica del pintor, el tratamiento prodigioso de la luz, la blancura de las cortinas que acusan la oscuridad del espacio en el que se adivina el cuerpo sin vida de Felipe, o la expresión gestual de las manos, crean una atmósfera irrespirable e inquietante, de intranquilo silencio, en la que se masca la tragedia de la muerte y de la enfermedad.

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