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Jueves, 14 de diciembre de 2006

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Cine y televisión

Diálogos y el deseo encubierto

Por Carolina Franquiz

En el cine español de los años cuarenta, a través del disfraz de los diálogos se hablaba del deseo erótico, principalmente de los hombres por las mujeres. Cuando la relación amorosa está clara, se utilizan frases directas como un te quiero pero para referirse al tema tabú, es el subtexto el que lo define con ambigüedades, metáforas, eufemismos, silencios, o interrupciones.

Los rodeos sobre los temas dan pistas. En Mariona Rebull (1947) se refieren al viudo protagonista como el hombre que perdió a su mujer mucho antes de ser viudo. Lo no dicho plantea la oportunidad de que sea el espectador quien complete la frase. A veces se plantea una pregunta para la que sólo se admitiría una respuesta, pero algo interrumpe. En la película Paz (1949) la mujer solitaria escucha las insinuaciones impertinentes de un borracho y justo cuando va a ser más directo y le dice que lo acompañe «a...» pasa otra escena. En La revoltosa (1949) uno de los chulapos le dice a la joven protagonista: Guapa, te voy a… y tampoco termina por el golpe que recibe. En Una chica de opereta (1943) el hombre dice a la mujer: «... yo la deseo, la quiero así... para mi secretaria».

Con el eufemismo se dice todo sin decir expresamente nada. En El fantasma y doña Juanita (1944) la tía reprende a su sobrina por hablar con un hombre en el jardín, cree que es un ladrón. La chica le aclara que no es así y la tía dice: «Por lo menos no venía a robar cosas de poco valor» ¿su virginidad? En La revoltosa, cuando el hombre despechado no atiende a otras amigas, una de ellas dice: A lo mejor se reserva p’a luego los churros. En El crimen de la calle Bordadores (1946) el chulapo le pide a la lotera que deje el trabajo para salir con él esa noche. La joven puntualiza: «Es que yo sólo vendo décimos». Como el hombre se da cuenta de que ella ha comprendido lo que realmente quería decir, le responde que no lo decía con mala intención. Por otro lado, la lotera siempre insiste en que no quiere que se equivoquen con ella, pero nunca aclara en qué sentido. En la película, la palabra prostituta parece ser clave en la trama, y sin embargo nunca se pronuncia, pero se adivina en comentarios como: «Recluta muchachas guapas para ir a América... ésas no vuelven jamás».

En Locura de amor (1948) el acompañante de Felipe el Hermoso, ante el afán de éste por conquistar a una mujer que se le resiste, le anima: «No hay pieza que más se ansía que la que esquiva el tiro de nuestra ballesta... Vos tenéis buenas armas y la fortaleza caerá al fin».

En Huella de luz (1942) se construye una metáfora de la relación sexual con los fuegos artificiales y cuando la pareja va a separarse él pregunta: «¿Te acuerdas de aquel cohete tan grande que dejó una luz tan hermosa?». En El clavo (1944), la mujer soltera que evidentemente ha pasado la noche con su acompañante está preocupada al día siguiente: «Si empiezas por el postre le quitas el gusto a lo demás».

En La Princesa de los Ursinos (1947) el hombre, mirando con intensidad a los ojos a la princesa extranjera, le explica que juega a los dados por distracción y de vez en cuando saca su espada por admiración.

A veces se es algo más directo en la invitación sexual con frases como: «Me gustaría ver el dormir que tienes». Pero directo suele ser el piropo concentrado en el rostro de la mujer, su tez: «tan blanca como el mármol», Sus ojos: «ojos brillantes», «ojos dulces» u «ojos tan ladrones» o la boca. El piropo a menudo se relaciona con la comida: «Me gusta usted más que el merengue». Sin embargo la frase más efectiva es la promesa de noviazgo y, mejor aun la de matrimonio, aunque no se queda atrás: «eres la única».

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