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Lunes, 11 de diciembre de 2006

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Cine y televisión

20 centímetros pueden ser una maldición

Por Olvido Ruiz

Si algo puede decirse de Ramón Salazar es que es un director valiente, con agallas. Como los personajes femeninos que pueblan sus películas. Sólo dos hasta el momento, pero menudas películas. Piedras, su estreno en la dirección, era una ambiciosa y conmovedora obra coral que enlazaba con pasmosa naturalidad los avatares de sus cinco protagonistas, cinco mujeres muy diferentes con algo en común: su solidez mineral, su resistencia ante las adversidades.

Con 20 Centímetros ha ido aún más lejos, y puede afirmarse que estamos ante una auténtica obra maestra. Marieta, Mónica Cervera, para quien fue escrito el papel y sin cuya gracia y frescura no podría concebirse la historia, es una transexual que ejerce la prostitución para poder pagarse la operación con la que tanto sueña: quitarse de en medio esos 20 centímetros de más que, como ella misma reprocha a Dios, tanto juego podrían darle a otro. Marieta no es homosexual aunque en su DNI se siga llamando Alfonso y le gusten los hombres; Marieta se siente mujer y quiere serlo por entero. Pero además sufre narcolepsia, una enfermedad poco recomendable para una prostituta que le hace quedarse dormida en cualquier parte, escapando de la lamentable realidad que la rodea para convertirse en sus sueños en una divina estrella de musical.

20 Centímetros se desarrolla por así decir en dos planos de realidad, técnicamente bien diferenciados, que permiten a Salazar experimentar y llevar a cabo una serie de saltos mortales que le salen redondos, mezclando comedia y drama, musical y realismo social, y bebiendo u homenajeando un sinfín de referencias cinematográficas y musicales, desde Almodóvar a los clásicos del musical americano, pasando por Grease, Madonna, Queen, Alaska o la mismísima Marisol.

Ramón Salazar ha conseguido realizar una obra original y atrevida, alejada en todo momento de lo políticamente correcto, con unas luminosas y desacomplejadas escenas de sexo y unos actores que se meriendan a sus personajes, todos ellos grandiosos: por supuesto, Mónica Cervera que lleva, como si nada, el peso de toda la película, pero también merecer la pena señalar la credibilidad que Rossy de Palma imprime con su breve aparición y la sorpresa que supone el televisivo Pablo Puyol (Un paso adelante), dando un salto al cine tan brillante y poco convencional.

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