Música y escena
Por José Miguel Lorenzo Arribas
Dos de las canciones más famosas y reconocibles como «españolas» no lo son. Una proviene del inglés, y otra del alemán. Se trata del «Cumpleaños Feliz», cuyo autor es una autora, dato apenas conocido: Mildred Jane Hill, oriunda de Kentucky (1868-1916), y de «Noche de paz», el villancico navideño imprescindible y, a mi juicio, el más hermoso de los que componen la ristra de los llamados «tradicionales» de los que se escuchan, y a veces padecen, por estos lares.
Noche de paz, Stille Nacht en el original alemán («Noche silenciosa, santa noche», es la traducción correcta de su primer verso, que hubo de adaptarse al castellano por una obvia cuestión de métrica) fue cantada por primera vez en la Misa de Nochebuena del año 1818 en la iglesia de San Nicolás de Oberndorf, una pequeña aldea muy cercana a Salzburgo (Austria). Lo sorprendente es que esta melodía, hoy universal, fue compuesta unas horas antes de la premier, ni siquiera la víspera.
El autor de la letra fue el sacerdote Joseph Mohr (1792-1848), coadjutor de la iglesia de San Nicolás, y la música se debe al profesor Franz Xaver Gruber (1787-1863), maestro de escuela en el pueblo de Armsdorf y organista de dicha iglesia. Al estar el órgano estropeado, hubo que ingeniar una alternativa. La tarde de Nochebuena, el cura le dio un poema a su organista que había escrito dos años antes. Unas horas más tarde, Gruber tenía compuesta una breve partitura para tenor, bajo y guitarra. Ellos mismos, el eclesiástico en funciones de tenor y guitarrista, y el músico haciendo de bajo, interpretaron la obra neonata, mientras que el coro hacia el ritornello de los dos últimos versos.
Esta pieza sin pretensiones, con una armonía simplicísima que no sale de los tres acordes básicos: tónica, dominante y subdominante, en 6/8, y mi menor entraba, no sólo en la Historia de la Música, sino en la Historia sin más, aunque no sin avatares. Se editó una versión un tanto espuria en 1833 como «Cuatro auténticas melodías tirolesas para canto y acompañamiento de pianoforte o de guitarra», en do mayor. Saltó a América haciéndose pasar como tradicional. Por fin, en 1855, se edita con la firma de Gruber en una versión para soprano y contralto con un «silencioso acompañamiento de órgano», ese que, al estar fuera de uso, posibilitó su creación.
Salzburgo es referencia imprescindible en cualquier Historia de la Música por ser la cuna de Mozart. A los críticos que sólo se preocupan de la Obra canónica, ahormada según los moldes de la Cultura con mayúscula, habría que recordarles que, a diez kilómetros de la urbe vienesa, en la modesta Oberndorf, se gestó una pieza musical que se interpreta, se recrea y hace feliz a más gente de la que al cabo de un año escucha Mozart, el gran Mozart, y casi todos los nombres propios de los manuales de música al uso.