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Martes, 13 de diciembre de 2005

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ARTE / Claroscuro

Venus, Adonis y Cupido

Por Susana Calvo Capilla

Este cuadro, pintado por Annibale Carracci hacia 1588-1590, llegó a España en 1664, un año antes de morir Felipe IV. Había pertenecido al marqués Giovanni Francesco Serra, un noble genovés, general de la armada española, que murió en 1656. Ocho años después los albaceas del general vendieron en Nápoles su colección de pinturas (sobre todo de artistas italianos), que era no muy grande pero sí exquisita, según Jonathan Brown. El conde de Peñaranda, don Gaspar de Bracamonte, actuó como representante del rey español en la almoneda y adquirió para él 39 lienzos, por los que pagó 14 000 ducados, al decir de muchos ¡todo un dispendio!, en aquella época de vacas flacas y decadencia. Algunas de las pinturas del lote podemos verlas hoy en el Museo del Prado: «Hipómenes y Atalanta», de Guido Reni, «Retrato de Micer Marsilio y su esposa», de Lorenzo Lotto, «Retrato del conde de San Segundo», de Parmigianino y la espléndida obra de Annibale Carracci que hoy comentamos. Fue la última gran adquisición artística de Felipe IV.

La restauración a la que ha sido sometido el lienzo entre 2003 y 2004 ha devuelto al colorido su brillo original y, además, ha permitido conocer el proceso creativo del pintor boloñés. Aunque debió de realizar numerosos dibujos preparatorios, de los que se conservan dos, uno de Adonis y otro de los perros, una vez iniciada la pintura Carracci todavía hizo algunos cambios en la composición, como han mostrado las radiografías. El brazo izquierdo de Adonis, con el que sujeta el arco de cazador, varió de postura al menos en tres ocasiones. Igualmente, su rostro, que en un primer momento miraba al espectador, se giró hacia Venus, concentrando así la atención de la escena en el arrebatador flechazo de los dos amantes. Ese primer encuentro de ambos fue el instante escogido por Carracci. Venus, desnuda, descansa con Cupido junto a una fuente en el bosque cuando es sorprendida por la llegada del impetuoso Adonis que va acompañado de sus perros. Dice Ovidio de él: «[...] ora hermosísimo bebé, / ya joven, ya hombre, ya que sí más hermoso mismo es, / ya complace incluso a Venus, y de su madre [Mirra] venga los fuegos. Cupido, en ese instante, hiere a su madre con la flecha del amor y esta cautivada de tal hombre por la hermosura, ya no cura de las playas de Citera / [...] Se abstiene también del cielo: al cielo antepone a Adonis». En sendas obras de Tiziano y Veronés, expuestas también en el Museo del Prado, se recogen los momentos sucesivos de ese amor, cuando todo presagiaba ya el trágico fin de Adonis, muerto por un jabalí. Esta fábula mitológica extraída de las Metamorfosis de Ovidio resultaba atractiva para los artistas de los siglos xvi y xvii porque podían ejercitar el desnudo, el paisaje y, al mismo tiempo, expresar el dramatismo de la historia en los gestos de los personajes o en la composición. Así lo hace también Carracci en esta obra de acusadas diagonales y contrastados efectos cromáticos.

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