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Martes, 28 de diciembre de 2004

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ARTE / Claroscuro

Monseñor el barbero

Por Susana Calvo Capilla

Comentamos hoy una de las últimas adquisiciones del Museo del Prado: un retrato pintado por Velázquez hacia 1650 en su segunda estancia en Italia. Hoy conocemos al menos cuatro de los numerosos retratos realizados en esa visita, citados por el tratadista Palomino en su biografía. Sobresale por encima de todos ellos el del Papa Inocencio X, conservado en la Galería Doria-Pamphili de Roma. Otro es el de Juan de Pareja, esclavo mulato del pintor (Metropolitan Museum de Nueva York), que, según Palomino, Velázquez pintó antes de retratar al Papa, para «prevenirse antes en el ejercicio de pintar una cabeza del natural», es decir, para ejercitar la mano. El retrato de Juan de Pareja se expuso en público y despertó una gran admiración, al igual que el del Pontífice. Velázquez vio reconocido de inmediato su talento, incluso por los académicos romanos de San Lucas y de «Los Virtuosos».

El personaje del lienzo de Madrid se ha identificado como monseñor Miguel Ángel Augurio, barbero del Papa. El retrato es de una portentosa sencillez, un hombre vestido de negro con un cuello blanco liso, sobre un fondo neutro. Nada distrae de lo esencial, el rostro del retratado. Velázquez le representa con una sinceridad abrumadora, al igual que había hecho antes con Inocencio X. «Troppo vero», exclamó el pontífice al ver su retrato. Esta obra de apariencia modesta puede, sin embargo, captar la atención del espectador durante horas. La expresión del supuesto monseñor-barbero nos transporta. Se nos antoja un hombre afable y campechano, halagado de posar para el pintor del rey de España. A través de sus ojos podemos hacer un viaje en el tiempo e introducirnos de la mano de Velázquez en aquella Roma de las maravillas. Recordemos que el pintor fue allí con un encargo de Felipe IV: comprar obras de arte y contratar a fresquistas para decorar el Alcázar madrileño. Hemos de imaginar a Velázquez recorriendo galerías, tratantes, coleccionistas con estrechuras económicas, buscando joyas que hubieran escapado a los agentes del Papa y de la Nobleza. En Venecia fue el embajador español quien le puso en contacto con el mundillo del arte. En otras ocasiones Velázquez utilizaba su privilegiada posición en la corte para influir en las transacciones o conseguir más fácilmente las obras («tráfico de influencias» lo llamaríamos hoy). Al mercado del arte italiano había llegado un sagaz y exquisito competidor.

Pero además de cumplir los encargos oficiales, Velázquez hacía otras cosas. De hecho, se sentía tan a gusto (¡y tan libre!) en Roma que Felipe IV, a pesar de ser muy paciente con su pintor, hubo de mandarle aviso de volver a Madrid en varias ocasiones. Es obvio el entusiasmo de Velázquez, que quería aprender y aprovechar al máximo sus contactos con el riquísimo ambiente artístico italiano. En Roma recibió la protección de las más altas personalidades, como el duque de Toscana, que le invitó a la Villa Medicis, en cuyo jardín pintó las dos bellísimas vistas —impresionistas avant la lettre— que conserva el Prado. Pero tanta demora se debía a algo más, y no es difícil sospechar cuál era la razón: una mujer. El hijo nacido de aquella relación aparece documentado en Roma en 1652. La identidad de la mujer sigue siendo una incógnita.

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