Centro Virtual Cervantes

Rinconete > Arte
Martes, 14 de diciembre de 2004

Rinconete

Buscar en Rinconete

ARTE / Claroscuro

Los borrachos o El triunfo de Baco

Por Susana Calvo Capilla

El cuadro conocido popularmente como Los borrachos, uno de los más reproducidos de la historia, ha sido igualmente admirado por el público y por los artistas. De hecho, fue la obra más visitada del museo en las primeras décadas de existencia de éste. A ello se suman los numerosos estudios realizados por los historiadores del arte.

El triunfo de Baco fue pintado en Madrid, probablemente por encargo del rey Felipe IV, entre 1626 y 1629, fecha ésta en que se realizó el pago. Es considerado el último bodegón de Velázquez, la última de sus cocinas, género en el que se había ejercitado en su etapa de formación sevillana y que le había dado fama de pintor realista. Pero es un bodegón especial y novedoso, al representar en él nada menos que una escena mitológica. A diferencia de lo que sucedía entonces en Francia o en Italia, Velázquez da un tratamiento casi vulgar a la mitología: los dioses y sus acompañantes se nos muestran como hombres de la calle, razón por la cual este cuadro acabó siendo conocido como Los borrachos. Algunas interpretaciones ven en él la ridiculización de la fábula mitológica, un fenómeno muy presente en la poesía y el teatro españoles de la época. No obstante, Velázquez trataba a sus personajes, ya fueran bufones o infantas, dioses o campesinos beodos, con una emocionante dignidad, sin caer en la mofa o la caricatura.

Se ha especulado mucho sobre las razones que le hicieron elegir ese tema. ¿Fue Rubens quien se lo sugirió durante su estancia en Madrid en 1628? ¿O bien se inspiró en una de las mascaradas protagonizadas por el dios del vino, dios de la alegría, que se celebraban con frecuencia en la ciudad y en la corte?

La escena, primera gran composición de Velázquez, está admirablemente concebida. Dispone a los numerosos personajes en un espacio relativamente pequeño y en un plano inmediato al espectador; aún así consigue dar variedad y profundidad a la escena. En el último momento añadió los dos personajes en sombra que ocupan los ángulos inferior izquierdo y superior derecho, logrando así un equilibrio perfecto. Sentado sobre un barril, encontramos a Baco, un mórbido y bello joven con el torso desnudo y una aparatosa corona de hojas de parra. El dios de Velázquez recuerda claramente a los ambiguos y sensuales modelos de Caravaggio, infundiéndole, como el pintor italiano, un trasfondo reflexivo y serio que aleja la escena de la parodia ridícula. El joven que se recuesta tras él, un sátiro tal vez, muestra una copa en la mano y en la cabeza una corona de hiedra, planta que, al igual que el vino y el propio Baco, se asociaban a los poetas y a la inspiración poética. Un soldado se arrodilla a los pies del dios en actitud un tanto mojigata, como si lo hiciese ante un santo; Baco le corona también con hiedra. En estos dos personajes concentra Velázquez los colores más vivos y contrastados, el amarillo del soldado, el rojo y blanco del dios. Comparte protagonismo con el dios un sonriente personaje con un tazón de vino en las manos. Forma parte de un grupo de tipos populares, en verdad borrachos, pero de fuerte personalidad, que evidencian el naturalismo del pincel velazqueño. El conjunto de cacharros de barro o de vidrio dispersos por el cuadro componen por sí solos un insuperable bodegón.

Ver todos los artículos de «Claroscuro»

Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es