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Martes, 30 de diciembre de 2003

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ARTE / Claroscuro

El peinado, una cuestión de moda

Por Marta Poza Yagüe

No resulta excesivamente complicado tratar de fechar con cierta precisión un retrato femenino romano, aunque no sepamos ni el nombre del autor ni la identidad de la representada. Y ello es posible gracias a que las mujeres pertenecientes a una determinada dinastía variarán su peinado respecto al que había sido habitual en el período inmediatamente anterior, estilismo que será rápidamente imitado por el resto de damas de la época. No hay más que analizar los rasgos característicos del peinado de la escultura en cuestión para poder conocer el momento en el que ésta fue realizada.

Moños cónicos colocados a la altura de la nuca o elevados sobre la parte alta de la cabeza de modo torreado, empleo de postizos, suaves ondas que parten de raya central, menudos rizos de aspecto enmarañado o cuidados tirabuzones cayendo en parejas por encima de los hombros de las efigiadas, las variaciones y combinaciones de elementos pueden ser múltiples. Si bien la colección de retratos del Prado permitiría realizar un seguimiento exhaustivo de la moda capilar de las damas romanas a lo largo de las tres centurias iniciales de nuestra era, hemos elegido únicamente dos de ellos que evidencian cómo el peinado puede cambiar radicalmente de un reinado a otro.

El primero de ellos se corresponde con el busto de una dama de cierta edad y gesto huraño. Pero lo más llamativo no son sus labios apretados y arqueados hacia abajo evidenciando su mal humor, sino el peinado que presenta. Vista frontalmente, corona su cabeza un postizo de menudos rizos circulares dispuestos en ocho niveles superpuestos, que adquieren el aspecto de una especie de pantalla de esponjas o de nido de avispas. En la parte posterior, su cabello natural ha sido recogido en pequeñas trenzas pegadas al cráneo que se cruzan en la nuca formando un moño aplastado. Aunque la parte frontal simula con más o menos exactitud las tiaras capilares rizadas que caracterizaron los retratos de Julia, hija del emperador Tito (68-98 d. C.), la visión de conjunto no es muy lejana a la que presentan esculturas conocidas tanto de Plotina como de Marciana, esposa y hermana de Trajano (98-117 d. C.), respectivamente, y es a este período trajaneo al que ha sido adscrito el busto del Museo del Prado.

La segunda de las piezas es un retrato de la emperatriz Sabina, nieta de la Marciana que acabamos de citar, y mujer de Adriano (117-138 d. C.). En apenas veinte años, la dificultad y la fantasía que entrañaban los peinados anteriores han dado paso a la contención y el equilibrio. Sabina, huyendo de los postizos que usaba su abuela, peina su cabello en suaves mechones ondulados que parten de raya central, recogiendo la melena en un amplio moño de gran diámetro que abarca prácticamente toda la parte posterior de la cabeza. Este peinado, que recuerda de cerca el que muestran algunas esculturas griegas de la diosa Artemisa, es un testimonio más de cómo la corriente de neoaticismo que dominó en el pensamiento, la cultura y las artes durante los años de gobierno del emperador filósofo, alcanzó a otros aspectos de la vida considerados más banales como podía ser la apariencia física.

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