ARTE / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
Al contemplar una pintura medieval sobre tabla resulta difícil poder llegar a valorar el minucioso trabajo técnico encerrado tras su bello aspecto. El proceso artesanal era bien conocido ya que junto a las propias obras conservadas no faltaron artistas que dejaron por escrito los diferentes pasos, a modo de receta, que todo artífice debía seguir.
El pintor toscano Cennino Cennini en la última década del siglo xiv realizó un tratado conocido como Il libro dellarte; en él, a través de 189 capítulos, nos habla del dibujo, de los colores, de las artes decorativas, de varias técnicas de pintura, y por supuesto de la pintura sobre tabla.
En primer lugar se debía preparar el soporte, seleccionar unas buenas tablas, prepararlas y encolarlas. Sobre ellas se procedía a aplicar dos capas de yeso e incluso se podía dejar alguna decoración de este material en relieve (pastiglia), por ejemplo la orla de un santo, un marco arquitectónico, etc. Seguidamente se realizaba el boceto, primero a carboncillo y luego repasado con pincel y tinta negra. Las superficies doradas debían prepararse en primer lugar con el bol, una arcilla blanda, grasa, y de color rojizo-anaranjado, mezclada con cola o clara de huevo, que dotará al oro de una calidez muy especial. Sobre dicho bol se fijan, con gran cuidado y destreza, las finísimas láminas de oro, que deberán bruñirse, y que podrán decorarse con líneas incisas y punzonado creando los dibujos deseados. Posteriormente se aplica la pintura, o mejor dicho los pigmentos de color, muy bien molidos y mezclados con un aglutinante que permita su adhesión al soporte; por ejemplo la yema de huevo fue muy utilizada con ese fin. Los pigmentos podían ser de origen mineral, animal o vegetal, y en ocasiones los podían facilitar los propios promotores de la obra a los artistas ante su escasez y elevadísimo precio que alcanzaban en el mercado. Una vez que la pintura estaba aplicada se podía realizar un esgrafiado, es decir levantarla con un punzón en ciertas zonas siguiendo un dibujo determinado para que aflorara el oro de la capa inferior, lo que produce un gran efectismo. Como último paso era relativamente normal barnizar la obra, para protegerla y de paso enriquecerla de sensaciones ópticas, ya que la pintura solía tener un acabado en sí mismo de carácter mate.
Tan sólo hemos intentado mostrar la punta del iceberg de esta compleja técnica pictórica que podía presentar muchos más pasos intermedios, así como complejas fórmulas de taller encaminadas a obtener las encarnaciones de la piel, las sombras, los volúmenes, etc. Ojalá no se olvide nunca al contemplar una obra de arte el camino de su creación, por muy manual que éste sea, pues sólo así la valoraremos en su justa medida. La creación no es posible sin el dominio de una técnica.