ARTE / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
El gran tratadista del siglo xvii y suegro de Velázquez, Francisco Pacheco, describe en su obra el Arte de la Pintura cómo se ha de pintar al santo franciscano y, en función de esos parámetros, se pronuncia sobre quién ha sido para él el artista que mejor ha sabido reflejarlo. Dice el pintor nacido en Sanlúcar de Barrameda:
Era el Padre San Francisco de estatura mediana, más pequeño que grande; la cabeza redonda y proporcionada; el rostro un poco largo; la frente llana; los ojos, negros y apacibles y no grandes; tenía los cabellos de la cabeza y de la barba, negros; la nariz, igual y delicada y las orejas pequeñas; era de rostro alegre y benigno, no blanco, mas, moreno; tenía los dientes juntos e iguales, y era de muy pocas carnes y delicada complexión. Y su espíritu más parecía del cielo que de la tierra. Cierto que si Antonio Mohedano hubiera seguido estas señas que, a mí ver, fuera el mejor pintor deste Santo que se hubiera conocido en este tiempo; pero dexaremos esta gloria a Dominico Greco, porque se conformó mejor con lo que dice la historia.
A pesar de continuar el párrafo criticando al pintor cretense las licencias tomadas a la hora de representar el hábito franciscano, no acorde del todo con la realidad, no queda duda alguna de la admiración que siente Pacheco ante los cuadros de San Francisco pintados por El Greco.
Pequeños lienzos devocionales, dirigidos tanto a comunidades religiosas como a parroquias y particulares, rozan casi el medio centenar las obras de este pintor que tienen como asunto principal al fundador de los frailes mendicantes. Dado el elevado número de los encargos, muchos de ellos debieron de ser realizados con la necesaria colaboración de su taller, y ejecutados a lo largo de un dilatado período de tiempo que abarca los veinte años anteriores a su muerte.
En estos cuadros se repite —sin apenas variaciones significativas— el mismo tipo de personaje ascético de ojos vidriosos y elevados, cabello oscuro, bigote y perilla del mismo color, rostro de pómulos marcados, manos huesudas y hábito pardo de capucha habitualmente calada que, en ocasiones, aparece recibiendo los estigmas divinos; otras se presenta orando de rodillas ante el Crucificado; o, incluso, en pleno éxtasis ante una calavera.
Estas son también las características que refleja el ejemplar de El Prado, para el que el asunto escogido fue el del santo meditando sobre la muerte al cobijo de unas peñas, acompañado por el hermano León.