ARTE / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
A comienzos del año 1766, en las calles de Madrid era frecuente escuchar la siguiente coplilla satírica:
Yo, el gran Leopoldo Primero,
Marqués de Esquilache Augusto,
rijo la España a mi gusto
y mando a Carlos Tercero.
Hago en los dos lo que quiero,
nada consulto ni informo,
al que es bueno le reformo
y a los pueblos aniquilo.
Y el buen Carlos, mi pupilo,
dice a todo: «me conformo».
El receptor de las iras populares, que hacía quedar al gran monarca ilustrado como un simple pelele, no era otro que don Leopoldo de Gregorio, Marqués de Vallesantoro y de Esquilache, político de origen siciliano que fue nombrado secretario de Hacienda tras la proclamación de Carlos III como rey de España. Sus medidas económicas reformistas nunca fueron ni bien entendidas, ni bien acogidas, por el resto de ministros españoles, casi todos miembros de la nobleza local de más rancio abolengo que no veía con buenos ojos la intrusión en sus asuntos monetarios de un extranjero, cuyas leyes, además, podían llegar a mermar considerablemente sus patrimonios. Por ello, y amparándose en el pretexto de una subida abusiva de los precios del pan, empezaron a encender los ánimos de los ciudadanos, predisponiéndolos a la sublevación.
La excusa definitiva se la proporcionará la promulgación, en enero de 1766, de una ley que prohibía el empleo de la tradicional capa larga española y de los sombreros redondos de ala ancha, con el fin de evitar atropellos, robos y otros actos violentos que se realizaban impunemente al amparo del anonimato garantizado por la ocultación de los rasgos de los delincuentes detrás de las ropas anteriores. Los sastres, acompañados de alguaciles para su protección, salieron a las calles recortando los bajos de las capas y cosiendo el ala de los sombreros de todos aquellos ciudadanos cuya vestimenta fuese contraria a las leyes.
El punto culminante de todo este proceso tuvo lugar entre los días 23 y 26 de abril, cuando el pueblo de Madrid, simbólicamente envuelto en sus capas de siempre, se sublevó contra las medidas, inició una serie de disturbios callejeros y exigió al rey la dimisión del siciliano. Los sucesos, conocidos como Motín de Esquilache, fueron relatados por Antonio Buero Vallejo en su obra teatral Un soñador para un pueblo (Premio Nacional de Teatro en 1975) y llevados al cine en 1988 por la directora Josefina Molina (Esquilache).
Con el surgimiento de brotes rebeldes por todo el país, y para restablecer el orden público, Carlos III no tuvo más remedio que destituir a su secretario de Hacienda, desterrarlo de la corte, y derogar la polémica ley. Buena prueba de que las cosas volvieron rápidamente a la situación anterior al decreto es este cuadro pintado por Goya quince años después, en el que la mayoría de los personajes que asisten a un espectáculo popular aparecen ataviados con la tradicional indumentaria prohibida años antes.