Literatura / Glosas al Quijote
Por José Jiménez Lozano
Parece que Juan de la Cruz tenía un cierto triste, mal recuerdo, de Baeza. Desde luego, allí era altamente estimado desde sus tiempos de director del colegio que la orden tenía en aquella ciudad, pero allí también parece haber quedado marcado como a hierro y fuego, porque todavía alcanzó a ver el mercadeo de esclavos moriscos, es decir, de los moriscos hechos esclavos, por ley de conquista sobre ellos, en la represión de la rebelión de las Alpujarras de 1568.
En la segunda mitad del xvi, el precio medio de un esclavo en Valladolid era de 66 ducados, y 69 el de una esclava —«discriminación positiva», diríamos hoy con la imbécil jerga al uso— pero 13 el de un mulato; aunque el buen cuerpo, la buena salud, y un hermoso rostro podían elevar también estos precios, desde luego. Pero ese rostro de esclavo sería de todos modos desfigurado casi siempre, porque llevaba allí escrito el nombre de su dueño; y así, por ejemplo, de un esclavillo que se la había escapado a la condesa de Ribadavia, ésta da como seña para su búsqueda que llevaba en la frente, e impresa en rojo vivo como las ovejas marcadas, esta leyenda: «Doña Leonor de Castro, en Valladolid». Pero otras veces, lo más frecuentemente, se marcaba el rostro con un jeroglífico: una S, y una i un poco curvada, en forma de clavo duramente extraído.
Juan de la Cruz entendía muy bien el jeroglífico en su brutalidad más terrible y profunda; pero, como el padre de Teresa, según ésta nos cuenta, no soportaba ni ver a una esclavilla, de sólo pensar que no era libre, a él también le resultaba insoportable aquella adivinanza. ¡Cosas de místicos seguramente!