ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Hacen salva trompetas y cajas,
cuando el alba relumbra en los cielos,
al Sol que ha nacido cubierto de pajas:
Él llora a su Madre, y cantan los cielos.
Federico Fiori, el Barocci (Urbino 1535-1612) pintó este lienzo para el duque de Urbino, Francisco María II, en 1597. Un poco más tarde el duque se lo regaló a Margarita de Austria, esposa de Felipe III. Por esas mismas fechas, Lope de Vega compuso unos versos que describen con la misma sencillez e intimidad que el Barocci la escena del Nacimiento de Cristo.
Ambos seguían las consignas establecidas en el Concilio de Trento (1563) por la Contrarreforma católica para acercar la religión al pueblo. Tanto las palabras como las imágenes debían no sólo instruir sino también conmover. La pintura y la escultura se convirtieron en un medio propagandista y de adoctrinamiento en manos de la Iglesia. Por ello los artistas vuelven al naturalismo, representan la historia sagrada sin idealismos, insertando a los personajes divinos en un ambiente perfectamente reconocible por los fieles aunque siempre conservando el debido «decoro». Así, el Nacimiento del Barocci nos muestra a una familia pobre en una humilde cuadra, con el Niño acostado en un pesebre tal y como dice el Evangelio.
Vamos a describir la escena con ayuda de los versos del gran poeta español. En primer término está la Virgen, arrodillada junto al Niño; de ellos emana la única luz del cuadro, de forma sobrenatural, como para resaltar su pureza y santidad. La mula y el buey asoman por el borde derecho del lienzo, muy cerca de la improvisada cuna. Imaginemos a la joven María arrullando al Niño con voz regalada y tierna:
Las pajas del pesebre,
Niño de Belén,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.
Lloráis entre las pajas
de frío que tenéis,
hermoso Niño mío,
y de calor también.
Dormid, Cordero santo;
mi vida, no lloréis,
que si os escucha el lobo
vendrá por Vos, mi bien.
Dormid entre las pajas,
que, aunque frías las veis,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.
Al fondo, en la penumbra, está San José, que abre la puerta a alguien. Quizá sea Gil, un pastorcillo de Belén quien, avisado de la buena nueva, acude al portal sin demora:
No corras, Gil, tan ufano,
a ver el Niño divino;
piensa despacio el camino,
y lleva el alma en la mano.
Aunque te espera llorando,
has de correr, advirtiendo
que no se alcanza corriendo,
sino amando y deseando.
Llega tú, considerando
que llegas a ver a Dios;
que, aunque sois hombres los dos,
Él es divino, y tú, humano.