Literatura
Por José Jiménez Lozano
Ha resultado verdaderamente conmovedora la perplejidad o el escándalo que ha producido en los media el gran descubrimiento de que también en la gran democracia americana voten los difuntos, se compren votos, y haya otros chanchullos por el estilo. Hemos cuidado tanto nuestro complejo de inferioridad hispánico, y abierto la boca ante cualquier cosa de fuera, o insistido tanto en la idea de las purezas democráticas, que parecería que habrían tornado nueva la naturaleza humana, y sólo en esta tierra hispánica perdurarían las tinieblas.
Mas, en este caso como en todos, ayuda mucho el recordar la historia. Desde luego cosas como que en los viejos tiempos electorales las añagazas del caciquismo partidista hacían, por supuesto, que votase medio cementerio, pero que también votasen los partidarios del gobierno citados de antemano a una hora y luego se cerrasen los colegios electorales adelantando el reloj de la torre de la iglesia o del ayuntamiento para que las siete de la tarde fuesen las once de la mañana, o poniendo el colegio electoral en un segundo piso sólo accesible con escalera de mano y retirando ésta. Sólo que por esos tiempos en los Estados Unidos se llevaba a votar a gentes en grupo medio borrachos o drogados, y eso se hizo sin ir más allá, con el pobre Edgar Allan Poe, de resultas de lo cual murió. Los hombres somos los hombres y la democracia es cosa difícil. Ya es mucho esforzarse en ella, aquí o en los Estados Unidos. ¿Adónde está el escándalo?