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Martes, 10 de diciembre de 2002

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ARTE / Claroscuro

Marramaquiz y Micifuz

Por Juan Carlos Ruiz Souza

Viejo compañero de viaje es el gato. Desde la más remota antigüedad aparece junto al hombre en su singladura terrestre. En el Egipto faraónico estuvo muy presente y era considerado como un animal solar, e incluso el dios Re era también conocido como «el gran gato». Hubo muchos ritos vinculados a él, si por una parte se criaban para después ser sacrificados, por otra fue muy común su momificación, tal vez para que su vida continuase en el más allá. El grado de consideración que alcanzó el doméstico felino en la sociedad egipcia fue enorme y tal como nos cuenta Diodoro de Sicilia (s. i a. C.), la muerte fortuita de un gato en Alejandría desembocó en graves altercados que produjeron la muerte del delegado imperial romano.

Muchas y variadas han sido las interpretaciones vertidas sobre el audaz animal. Desde las más positivas que lo vinculan con la destreza, el ingenio o la buena suerte, a otras menos amables que lo identifican con la ociosidad, la lujuria o la pereza y, por supuesto, no faltan las lecturas más terribles que lo vinculan con lo maléfico y la muerte, sobre todo cuando aparece vestido de negro.

Todavía hoy son muchos los dichos y proverbios que recuerdan al gato, e incluso superan con creces a los que toman al perro por protagonista, circunstancia que a la postre denota su especial naturaleza. Recordemos algunos: defenderse como gato panza arriba; gato escaldado del agua fría huye; dar gato por liebre; llevarse el gato al agua; mucho sabe el ratón, pero más el gato; buscar tres pies al gato; poner el cascabel al gato; haber gato encerrado; hasta los gatos tienen tos; tener siete vidas como los gatos; o la expresión taurina: tener gatos en la barriga, etcétera.

En el arte, la literatura y la música también alcanzan gran popularidad estos simpáticos mininos. ¿Quién no recuerda el gato inteligente y astuto recreado por Charles Perrault a finales del siglo xvii, que consigue que el molinero se case con la princesa, o las peleas entre los gatos Marramaquiz y Micifuz por el amor de la gata Zapaquilda? El compositor valenciano Manuel Penella Moreno creó la celebérrima ópera popular de El gato montés, que con tanto éxito estrenó en Valencia en 1916, y de la que destaca el pasodoble que con tanta frecuencia suena en los cosos taurinos cuando el maestro borda la faena. En el arte también es común su estelar aparición, como en este lienzo de Goya, al igual que en tantas otras obras de Durero, Chagall, Paul Klee, Picasso, Miró, y sin olvidarnos del inquietante gato negro de la Olympia de Edouard Manet, o del silencioso y adormilado de las Hilanderas de Velázquez.

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