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Miércoles, 4 de diciembre de 2002

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Cine y televisión

El cine en Uruguay, II

Por José Ignacio Pernas

La llegada del sonoro causó estragos en la cinematografía uruguaya. La falta de recursos e infraestructuras provocó que la primera película sonora se hiciera esperar hasta 1936. Aquel primer ensayo, titulado Dos destinos, no pasó de ser un ejercicio de exaltación al servicio de la dictadura militar de Gabriel Terra, cuyo único interés actual reside en la contemplación del Montevideo de los años 30. Pese al fracaso de este primer intento de cine hablado, la producción no se detuvo y al año siguiente se rodaría ¿Vocación?, a cargo de la cantante de ópera Rina Massardi. Este curioso largometraje, que narra las andanzas de una campesina convertida en cantante gracias a la fe en la Virgen del Verdún, representó a Uruguay en el Festival de Venecia de 1939.

Pese a este y otros intentos posteriores de dudosa calidad, el público dio la espalda a la producción nacional. No había forma de competir contra el cine argentino, superior en medios materiales y económicos. La consecuencia inmediata fue la práctica desaparición del cine nacional a lo largo de unos siete años. Fueron precisamente los productores argentinos quienes relanzaron la industria en Uruguay al comprobar que los costos eran mucho menores y que gozaban de mayor libertad. Los resultados no se hicieron esperar con cuatro nuevas películas entre 1946 y 1948. Destaca una nueva versión del clásico de Alejandro Dumas Los tres mosqueteros, dirigida por Julio Saraceni.

Tras la segunda guerra mundial asistimos a la recuperación de la economía nacional, lo que repercutiría positivamente en la vida cultural del país. En estos años se crea la Cinemateca Uruguaya (1952), y pocos años antes se produce una de las películas de mayor prestigio del cine uruguayo. Se trata de Detective a contramano (1949) dirigida por Adolfo Fabregat. La historia, que satiriza en tono de comedia el cine negro, tuvo una estupenda acogida y pronto se recuperó la inversión. Pero un lamentable incidente diplomático con Argentina terminó con la película secuestrada en la aduana, lo que a la postre originó grandes pérdidas a los productores.

Más tarde hubo un intento de lanzar un cine «histórico nacional» a cargo de Miguel Ángel Melino, pero los resultados fueron bastante pobres, pese a algunas buenas escenas de batalla en la ambiciosa El desembarco de los treinta y tres orientales. En 1959 se rueda Un vintén pa’l Judas de Hugo Ulive, que representa uno de los ejemplos más logrados de cine nacional y entronca con el mejor neorrealismo italiano.

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