Por José Jiménez LozanoNo sólo por
Navidad o por los Carnavales, y luego por Pascua Florida, se tenían en la España
clásica algo así como sesiones caseras de «agudezas y sales», como se llamaban, sino
casi cada noche de invierno, tan monótonas y largas.
En esas noches había tiempo para todo; durante
ellas, se bordaban primores, se tejía, se cotilleaba, y se jugaba a los naipes o a los
dados, o se hacían comedias caseras, pero de modo inexcusable se reservaba un tiempo para
contar chistes, y sucedidos, pero sobre todo para hacer ejercicios de ingenio a este
respecto.
A veces se resbalaba un poco, y entonces se veía
que el ingenio se había quedado corto, y la sal allí producida era sal gruesa, aunque
por lo que conocemos nunca jamás se produjo una sal gruesa tan enorme como si fuese sal
muera para que la lamiesen mulas, como ahora en la televisión pongamos por caso. Cosas
así no hubieran pasado entonces, pero no por falta de libertad, sino por la presencia de
civilidad; y el goce lo producía la finura de una ironía, lo afilado y casi invisible
del corte de su cuchilla, no los pedazos de salmuera.
El señor Miguel de Cervantes, nuestra máxima
figura literaria, era un maestro en ironía, y sus sales son de singular delicadeza y
finura, como es la sonrisa a la hora de las melancolías. Y eso es un arte supremo y un
aporte de España a la universal civilidad. Lo que no sé, ahora mismo, es si nos
convenció gran cosa a los españolitos. |