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Martes, 3 de diciembre de 2002

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ARTE / Claroscuro

La luz

Por Juan Carlos Ruiz Souza

Páginas y páginas se han escrito sobre la luz en el arte, en la filosofía o en la física... Siempre se ha establecido una clara relación entre lo luminoso y lo sagrado. Muy importante fue su protagonismo en la obra de Platón (s. iv a. C.), y por supuesto en los planteamientos teóricos de casi todas las religiones.

Los judíos conciben la dualidad entre la luz y las tinieblas, con un claro sentido de lo bueno y lo malo respectivamente. Son numerosas las referencias que hallamos en la Biblia en las que la luz es sinónimo de salvación y gloria. Dios es luz y fuente de luminosidad, y la oscuridad se corresponde con el castigo. En el Evangelio de San Juan se relata cómo Cristo dijo: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá luz de vida». No serán muy diferentes las palabras que leamos en el Corán, en cuya sura 24 que trata de forma monográfica el tema de la luz, se lee: «Alá es la luz de los cielos y la tierra».

Una y otra vez se habla y se escribe sobre la luz, de forma más o menos alegórica, e incluso ha habido especialistas que han querido ver en ella o mejor dicho en su consecución, el móvil último del origen de un estilo arquitectónico medieval: el gótico. Su nacimiento se fija en la cuenca de París a mediados del siglo xii, y en particular en la famosa cabecera de la abadía parisina de Saint-Denis realizada por el Abad Suger, quien estuvo muy influido por los escritos neoplatónicos del Pseudo Dionisio, en los que se hacía especial hincapié en la metafísica de la luz de raíz platónica. Los edificios realizados bajo dicho estilo tenían entre sus finalidades conseguir una luminosidad mayor respecto a construcciones anteriores ya que, gracias a su técnica constructiva, los muros podían quedar disueltos en vidrieras que permitirían el paso de la luz solar.

Los tiempos pasaron y la investigación científica logró saber más y más sobre esta forma de energía que se propaga hacia todas las direcciones y que es perceptible por el sentido de la vista. Los científicos discutieron desde antiguo sobre su naturaleza (formada por pequeños cuerpos —que con el tiempo se llamarían fotones— o si se trataba de ondas emitidas por el cuerpo luminoso). Las investigaciones se aceleraron en el siglo xvii, gracias a los trabajos de Snellius, Descartes, Huygens, Newton, Hooke o Roemer, siendo este último el primero que intentó medir su velocidad. Los trabajos continuaron en las centurias siguientes y nacieron nuevas ramas del saber que se ocuparían de su estudio. Ya en el siglo xx, Einstein, y en particular su Teoría de la Relatividad, demostró que la velocidad de la luz en el vacío constituía un máximo que no podría nunca superarse —más tarde se consiguió saber que en el vacío alcanzaba casi los 300 000 km por segundo—, por lo tanto parece que no estaban tan equivocados los filósofos y teólogos que a lo largo de los siglos han querido vincularla con el igualmente infranqueable ámbito de lo sagrado.

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