Cultura y tradiciones
Por José Jiménez Lozano
Parece que fueron Francisco de Asís y sus compañeros los primeros en montar con figurillas de barro un belén o nacimiento, una escena bíblica que, por lo demás, ya se representaba en el medioevo en las iglesias, pero que, ahora, al convertirse en una composición plástica libre según la espontaneidad popular, a los poderes del tiempo políticos y eclesiásticos no les gustó nada. Y allí vieron, sobre todo una cosa peligrosa: que el estado con el Niño estuviera en el lugar central, que la residencia de los señores, el castillo de Herodes, estuviera allá lejos, en segundo plano, y como sin importancia; y que los pastores y las gentes corrientes fueran a ese establo con presentes, pero no al castillo, y, por fin, que los Reyes Astrólogos de Oriente hicieran lo mismo. El asunto, si la gente daba en pensarlo, era realmente peligroso; y se prohibió montar belenes. Buena gana se tenía de que se armase un belén en cualquier momento.
Luego, se le dio al belén una interpretación más bien dulcificada, quedó siendo, más que otra cosa, una estampa encantadora y como capricho de niños. Pero, por si acaso, las cosas van ahora por el camino de Papá Noel, que desde luego no ofrece en sí mismo muchas polisemias ni posibilidades de interpretaciones peligrosas. Aunque de todas maneras las gentes, cuando se trata de referirse a un alboroto de protesta. siguen diciendo: «Se armó un belén» o «Aquí va armarse un belén». Y lo mismo cuando se trata de enfrentarse a una dificultad: «¡Menudo belén es ése!».
Algún rumor sigue quedando de aquel belén de las primeras figuritas y representaciones...