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Lunes, 17 de diciembre de 2001

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Música y escena

Mario Lavista

Por Carlos Barreiro Ortiz

Todo parecería indicar que, al finalizar el segundo milenio, el compositor mexicano Mario Lavista (ciudad de México, 1943), también hubiera cedido a la tentación del misticismo, en tiempos de actitudes de franca incredulidad. Pero, en este sentido, la Misa brevis (1993) para coro a cappella dedicada a Nuestra Señora del Consuelo, el cuarteto Sinfonías (1996) encargado por Joan Niles para acompañar su alma después de muerto o el Tropopara sor Juana (1995) para orquesta, sólo ilustran un espacio adicional de creación que complementa un espíritu sensible. El compositor confiesa su creencia de que «... existe algún tipo de música que el alma puede oír». Una música que puede buscar la eliminación de cualquier sonido real y utilizar sólo armónicos, como ocurre en el cuarteto Reflejos de la noche (1984) —que ha dado lugar a un poema de Álvaro Mutis y a una coreografía para el Ballet Nacional de México— y que, en todo caso, se alimenta de los conceptos más experimentales de la escena contemporánea.

Desde el año 1967 cuando obtiene la primera beca de estudios en el exterior, Lavista se ha relacionado con músicos tan influyentes como Pousseur, Stockhausen y Jean-Marie Etienne y luego con Xenakis y Ligeti. Antes, había estudiado composición con Chávez y Cristóbal Halffter en México, pasando inmune frente a los peligros que implica el nacionalismo tan persistente en muchos países latinoamericanos. Como muestra de sus objetivos iniciales en la música, Lavista organizó en 1979 el grupo Quanta orientado hacia la improvisación y hacia las relaciones entre música en escena y electroacústica. A este período pertenece un grupo de obras cuyo título anuncia sus orígenes y proyección: Continuo (1971), Lyhann (1976), Quotations (1976), Contrapunto (1972). No en vano, Lavista ha sido considerado por Gerhard Behague como un «[...] verdadero experimentalista que depende de la improvisación y el azar de manera irrestricta [...] y combina elementos electroacústicos y visuales [...]» como una manera de expandir sus conceptos de tiempo y espacio musical.

En el estilo de este compositor mexicano, la historia aparece y se confunde con las propuestas más inesperadas. Allí figuran con naturalidad cadencias destinadas a un concierto de Mozart escritas en 1974 así como influencias de Machaut y de Josquin des Prez que el compositor distorsiona manipulando el ritmo y la pulsación armónica. Además, vínculos artísticos que lo llevan desde Gogol y Octavio Paz hasta Mutis y Becket, y trazos de pinturas de Manet y Degas en una búsqueda de carácter universalista. Aunque es evidente que el estilo de Lavista se margina por decisión propia de influencias locales evidentes, piezas como Natarayah para guitarra (1997), Cuicani para flauta y clarinete (1985), o la canción de cuna Trompo y sonajas (1999) denotan un sentimiento de pertenencia. Y también la presencia del ademán indómito de Silvestre Revueltas que se percibe en Estudio con sillas (1983), Música para mi vecino (1985) o en el Motete a dos voces para dos cajas de música escrito en 1981. La pieza titulada Kronos para un «mínimo» de 15 relojes, denota temprana influencia del juego racional de John Cage. La actividad de Mario Lavista se extiende con profusión al teatro, al cine y a la danza. y aún le queda energía para seminarios y conferencias en México y EE. UU., para dirigir la revista Pauta, escribir un libro (Textos sobre música), y trabajar con músicos internacionales en la exploración de técnicas y expresiones inéditas en instrumentos y voces. Mario Lavista nos hace escuchar los reflejos audibles que en forma esporádica han aparecido en la música.

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