Cine y televisión
Por Lisandro Duque Naranjo
Gabriel García Márquez, con la desmesura que le es propia, tiene desde hace años la tentación de organizar un paquete de mil películas de media hora basadas en guiones surgidos de su Taller Dramatúrgico de México. La idea, que por supuesto sigue en pie, pero que por su magnitud requiere tiempo, dinero y paciencia, es, además de seguirle buscando la comba al palo al universo macondiano en la pantalla, proveer de recursos vitalicios a la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de Los Baños, y a la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, niñas consentidas ambas del escritor. Y claro, mantener ocupados a todos los talentos posibles del cine vaya uno a saber hasta cuál siglo del milenio que acaba de inaugurarse. Loable propósito que requiere de una inmortalidad que para el Nobel colombiano no ofrece misterios ni incógnitas. Acostumbrado a pensar al por mayor y a administrar una vigencia que le permite moverse por el futuro como Pedro por su casa, para García Márquez éstas mil películas no constituyen un programa eterno sino apenas un asunto a corto plazo.
Hace un tiempo, en mi afán de contribuir al éxito publicitario de ésta empresa, le propuse a Gabo que por qué en vez de Las mil películas de García Márquez, no pensaba más bien en Las mil y una películas de García Márquez, y su respuesta inmediata fue ésta: «Tú lo que quieres es hacerme trabajar más».