ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Cuenta San Mateo en su Evangelio que Jesús nació en Belén de Judá en los días del rey Herodes. Pocos días después acudieron a Jerusalén, al palacio del soberano, unos magos o reyes de Oriente que le preguntaron por «el rey de los judíos» que acababa de nacer. Herodes no sabía nada pero quedó muy inquieto con la noticia, ¡¿qué rey era ese?! Acudió entonces a los jefes de los sacerdotes judíos. Estos le dijeron que el profeta Miqueas había anunciado el nacimiento del Príncipe, pastor del pueblo de Israel, en Belén de Judá. Informó de ello a los Reyes Magos y les pidió que, a su vuelta, le detallaran la visita. Una estrella guió a sus Majestades hasta Belén, pero después volvieron por otro camino: Dios les previno de las intenciones de Herodes. Efectivamente, éste se había sentido burlado y por temor dio orden de matar a todos los niños menores de dos años nacidos en Belén. Pero tras la visita de los Magos, un ángel se presentó en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto, y estate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo». Así que José montó a María con el niño sobre un burro y los tres emprendieron camino a Egipto a través del Sinaí. Años más tarde, muerto Herodes, el ángel del Señor indicó a José que podía volver con su familia a Israel.
El flamenco Joachim Patinir ilustra aquí un descanso en su camino. La Virgen está sentada sobre una roca, con un amplio manto y con el Niño en sus brazos. A sus pies, una cesta y un hatillo son el escaso equipaje de la Familia. San José llega por la izquierda con una jarra en las manos. Tras ellos un paisaje irreal: a la derecha, unos campesinos realizando sus tareas, una aldea y un lago al fondo; a la izquierda, quizá para sugerir el escenario egipcio, unos fabulosos edificios y una montaña rocosa. Sobre una esfera situada a la derecha encontramos los pies de una escultura desaparecida que, según los especialistas, sería el símbolo de la destrucción de los ídolos al paso de la Sagrada Familia.
El Prado posee una de las mejores colecciones de cuadros de Joachim Patinir (ca. 1480-Amberes, 1524). Este que hoy vemos pertenece a la etapa central de su producción. Patinir fue el primer pintor que dotó al paisaje de todo el protagonismo de una obra, reduciendo la importancia de las escenas, que se convierten en algo anecdótico. Poco a poco, el paisaje se convertirá en un género independiente de la pintura. Los personajes de Patinir están inmersos en enormes espacios, dominados por la naturaleza. Los paisajes se presentan a vista de pájaro, y entre el primer plano (donde suelen aparecer los personajes) y el lejano horizonte se extienden campos, bosques, lagos y montañas. Es una naturaleza enigmática y utópica, realzada con efectos atmosféricos casi sobrenaturales y recreada en una rica gama cromática.