ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Luis de Morales, «El Divino Morales», nació en Badajoz hacia 1515. Su apodo de «El Divino» surgió en el siglo xviii. Fue el escritor cordobés Antonio Acisclo Palomino quien lo llamó así en su obra El Parnaso Español pintoresco laureado. Lo de divino no se debía sólo a sus dotes artísticas o geniales, sino también porque todo lo que pintó fueron «cosas sagradas». Según el citado Palomino, tratadista y biógrafo de pintores, los Cristos de Morales eran tan reales que parecía que iban a moverse con un simple soplo de aire. Eso en un momento en que la cualidad más apreciada de la pintura en España era precisamente la imitación de la realidad. Morales creó, además, un estilo propio que le dio gran fama en vida y tuvo multitud de imitadores. Aunque durante mucho tiempo se le consideró un pintor modesto y popular, encerrado en un ambiente casi rural, con una clientela provinciana algo ingenua que demandaba cuadros piadosos simples y accesibles, lo cierto es que Morales se inscribe en la tradición artística vigente en Andalucía y que estuvo vinculado a la elite sevillana y la burguesía extremeña. Muchos de sus cuadros fueron pintados para capillas familiares u oratorios privados de esos personajes. También realizó numerosos retablos, sobre todo en su Extremadura natal, donde Morales interpretaba de forma sencilla y conmovedora los temas populares que le demandaban a veces los propios vecinos del pueblo o su párroco.
Los cuadros de Morales se caracterizan todos por un elevado sentimentalismo, escenas muy tiernas y emotivas, patéticas en ocasiones, que pretendían despertar la devoción y la simpatía del espectador. Para ello recoge a los personajes sagrados en actitudes cotidianas y cercanas, como en estos lienzos donde el Niño busca el seno de la madre. Sin embargo, el rostro melancólico de la Virgen parece indicar una reflexión más honda. Muchas de estas escenas aparentemente anecdóticas representan a la Virgen meditando sobre la Pasión de su Hijo. El gesto de María acariciando delicadamente la cabeza de Jesús prefigura la corona de espinas. Además, toma de la pintura flamenca el gusto por los detalles y los ambientes domésticos. Uno de los rasgos más singulares de su estilo, que permite diferenciar sus obras aunque nunca las firmaba, es lo que se ha llamado el sfumato a la manera de Leonardo da Vinci, un sombreado que difumina las líneas.