Literatura
Por Sergio León Gómez
Roberto Arlt no pudo resistir la tentación de derruir los mitos, en su afán por cuestionarlo todo y atravesar con su mirada el panorama nacional argentino. A riesgo de mostrarse contradictorio, se ensaña contra el bárbaro a quien presenta como un bárbaro. Lo hace justo en periodo en el que una parte de la intelecturalidad argentina se aferra a sus propias mitologías en busca de sus raíces. Si Ezequiel Martínez Estrada nos ofrece su Radiografía de la pampa, Roberto Arlt nos sacude con su radiografía urbana, al tiempo que ataca a quienes desde la experiencia urbana idealizan lo gauchesco hasta ponerlo de moda. Con este texto se concluye hoy la serie de veinte aguafuertes homenaje a este gran escritor, complementada por la exposición que puede visitar en estas páginas.
Eso no es nacionalismo sino carnavalismo
La única explicación que tiene el calificativo de lo gauchesco se explica en este afán de nacionalismo al cuete, fomentado en las actividades que menos tienen que ver con el gauchaje o con lo gaucho. Sería buena hora de que se terminara con el gaucho. El gaucho, en realidad, según entendemos muchos argentinos, no ha sido sino el elemento retrógrado, enemigo de la civilización, del progreso y del trabajo. Poltrón por sus siete costados, camorrero, compadrito, individualista y, por consiguiente, anarquista hasta decir basta, el gaucho no ha servido nunca para nada, como no sea para dejarse utilizar por el caudillo, desbaratar decciones o formar en una montonera, lo cual le alegraba porque allí se podía comer carne gorda.
Los únicos gauchos que han pasado a la historia y ¡cuán injustamente! debieron ser ahorcados cien veces por los delitos que cometieron. Esto es lo que nos demuestra la documentación de la existencia de un Juan Moreira y otros malandrines como él.
De allí que sería buena hora de terminar con esta rémora fantasmal de una época en que la gente se bañaba una vez cada diez años y que para hacer un viaje de la Aduana a Liniers hacia testamentos.
Tomado de Roberto Arlt, Aguafuertes, 1.ª edición, Buenos Aires, Losada, 1998, vol. II, pág. 433.