ARTE / Claroscuro
Por Antonio García Flores
«Pisadas de varón ajeno se hallan sobre tu lecho, Colatino, mas sólo el cuerpo fue mancillado, no el corazón, y de esto será buena prueba mi muerte; libre como estoy de pecado, no quiero librarme de castigo, para que ninguna romana no casta viva con el ejemplo de Lucrecia.» (Tito Livio)
Con estas palabras la patricia Lucrecia relataba a su esposo Colatino, a su padre Lucrecio Tricipitino y a otros amigos de la familia cómo había sido violada por Sexto Tarquino, hijo del rey de Roma. A continuación, sacó un cuchillo de entre sus vestidos y se lo clavó en el pecho. Espantados unos ante el terrible final de la virtuosa romana, se ocultaban el rostro con los brazos, pero Bruto, levantando su puñal al cielo, hacía juramento de venganza.
Corría el año 510 a.C., y este trágico suceso provocaría la caída de la monarquía y el advenimiento de la República Romana.
Lucrecia sería considerada a partir de entonces como modelo de la fidelidad conyugal, aunque para los primeros autores cristianos el hecho del suicidio no resultaba demasiado apropiado. No obstante, durante la Edad Media se convertirá en una suerte de heroína virtuosa, personificación de la castidad y víctima de la lascivia, como en De Claris mulieribus de Bocaccio (1361-62), tanto que en numerosos cassoni o arcones de boda italianos aparece representada la figura de Lucrecia como referencia obligada de la fidelidad marital. La literatura y arte posterior tampoco se olvidaron de esta célebre figura, pudiéndose mencionar de entre los primeros a Maquiavelo, Shakespeare, La Fontaine, Francisco de Rojas Zorrilla, etc., y entre los segundos a Tiziano, Guido Reni, Lorenzo Lotto, Tintoretto, Rembrandt o Tiépolo.
En nuestro caso, no es la primera vez que Rosales trataba en un cuadro el tema de una mujer cuya muerte traería consigo importantes cambios políticos. Años antes (1863-64) había pintado el Testamento de Isabel la Católica, pero ahora lejos de reflejar la atmósfera de quietud y de tranquila espera ante ese momento final que veíamos en aquel cuadro, la presenta cargada de gran dramatismo, con los hechos ya consumados.
Considerada por el propio autor como su mejor y más conseguida obra, obtuvo la medalla de oro en la Exposición Nacional de 1871. Como nota curiosa, esta composición fue reproducida en 1931 por el Banco de España en una emisión de billetes de 50 pesetas, según grabado realizado en 1874 por José María Galván y Candela (1837-1899).