Por Lisandro Duque NaranjoCualquier
país sin cine propio, hoy en día, es un país invisible. Los países de ayer, de antes
del cine, en el caso hipotético de que hubieran carecido del lenguaje escrito, serían
hoy tan irrecuperables en su sensibilidad y riqueza, como los de hoy lo serán en el
futuro si no comienzan a hacerse visibles en la pantalla. Pero además, todos los países
ya no de ayer, sino de anteayer, sin letras propias, terminaron siendo vulnerables en su
momento a lo que quisieron hacer de ellos las potencias, que por tener lenguaje escrito,
les impusieron sus letras como una hegemonía, sin pluralidad alguna, sin opción nacional
que matizara, o enfrentara, o enriqueciera con componentes propios la carga de
significaciones que provenía de las metrópolis letradas.
Los idiomas, pues, son de los vencedores, y los
dialectos son de los vencidos, diferencia muy similar a la que existe entre el cine y el
vídeo. De todas maneras, la cultura española, por lo menos, importó aquí a Cervantes,
a Quevedo y a Lope de Vega, lo que, aunque es un valioso atenuante, no justifica el
arrasamiento de los imaginarios precolombinos. Hoy en día, muchos de los valores y
paradigmas que se nos introducen hasta la empuñadura desde una pantalla hegemonizada por
la cinematografía norteamericana, carecen de los atenuantes que en su momento
caracterizaron a la cultura hispana. Preguntémonos si vamos a permitir un nuevo genocidio
cultural. |