Arte / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
Ya ves cómo pasa el tiempo, en este año celebramos el cuarto centenario de tu nacimiento en Sevilla y tu nombre suena más que nunca. A pesar de que no pintaste tanto como hubieses querido, de tus pinceles surgieron imágenes que decoran nuestra memoria y por ello nos pertenecen, porque desde la niñez las vimos en blanco y negro en el colegio, en casa de las abuelas o en el calendario del comedor. ¿Quién no conoce tu Aguador de Sevilla, tus Borrachos, tus bufones, tus Lanzas, tu Fragua de Vulcano, tus Meninas, tus Hilanderas o tus retratos...? Fui creciendo y tu obra seguía presente, incluso tu Cristo indolente lo eligió mi padre para las esquelas de los abuelos.
Tuvimos mucha suerte, pues el genio que encerrabas fue comprendido y cuidado desde bien temprano. Reconocerás que tu maestro y suegro, Francisco Pacheco, siempre se deshacía en elogios ante tu trabajo. Con apenas 24 años llegaste a ser pintor real y en 1628 pintor de cámara.
Seguro que fue Pedro Pablo Rubens, a quien conociste en Madrid como embajador, quien te metió en la cabeza la necesidad de ir a Italia. Sin duda maduraste en aquellos dos años (1629-1631), moviéndote entre Génova, Venecia, Roma, Ferrara, Nápoles... A tu vuelta, los encargos te llovían por doquier: hoy participas en la decoración del palacio del Buen Retiro, mañana en la Torre de la Parada y en el Alcázar y pasado, quién sabe... En 1648 volviste a Roma, pero ahora como embajador y agente de S.M, comprando cuadros y esculturas para los grandes proyectos de la corte, en los que tú también participabas. Los distintos cargos ocupados en palacio y tu creciente fama hicieron posible que en 1659 ingresaras, por fin, en tu tan anhelada Orden de Santiago.
Querría terminar esta semblanza recordando a Felipe IV y su familia, sin olvidarnos de sus bufones, alabando a ese rey culto que hizo posible tu formación y, a la postre, tu obra. Por muy ocupado que tu señor te tuviera en otras tareas, ello no fue óbice para que de tus pinceles salieran únicamente esencias del gran arte de la pintura, como gotas de un perfume único y escaso.
Conseguiste la fusión de lo divino y lo mundano, de la sobriedad y la grandilocuencia con la humanidad y la ternura, de la intensidad de los actos con la grandeza de los actores. Gracias, porque nos hiciste comprensible la genialidad de tu arte.