Por José Jiménez LozanoSiempre he
pensado en la mala suerte que han tenido Teresa de Ávila y Juan de la Cruz, en el rastro
que han dejado por los lugares que anduvieron. No el mejor barroco precisamente, y luego
la devoción más o menos popular, sencillamente el mal gusto, se apoderaron muy pronto de
ellos, y casi siempre lo que encontramos allí son huesos resecos e imaginería
devocional.
Nada que objetar, sin embargo. Las cosas son como
son y como han sido. Lo que ocurre es que, con frecuencia, todo eso encubre el espíritu,
y a veces hasta la letra, de lo que ellos fueron, pensaron y escribieron. Pero también es
cierto que hay lugares, en algunos Carmelos desde luego, pero también en algunas otras
partes, en los que se conserva de ellos «la fragancia del vaso» de su existencia. Es
decir, nada; pero todo llenado por la ausencia. Tal es el caso de la piedra donde se
sentaba «la monjuela» que está en Durero; o la fuentecilla que apenas ya «ni mana, ni
corre»; unos atrases en Arévalo, o no digamos ya el sepulcro del príncipe don
Juan en Santo Tomás de Ávila, donde Teresa debió de verlo, pues en esa iglesia se
confesaba, y debió de suscitar en ella un motivo más, al menos, para aquel su sentir de
que el mundo cogido a peso no le pesaba nada y le parecía que, viviendo, soñaba.
En realidad, puestos así, casi todos los
recuerdos históricos nos sobran, si buscamos «la fragancia del vaso», que ya decía
Juan de la Cruz: «Hermanos, no hemos venido a ver, sino a no ver». Y, entonces, en este
espíritu, ¡cómo se ponen a relucir las bellezas de esta España nuestra!
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