Arte / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
Si hubo un pintor español especialmente valorado fuera de la península durante los siglos xviii y xix, ése fue sin duda el sevillano Bartolomé Esteban Murillo. Conocido fundamentalmente por sus Inmaculadas, la representación de escenas de género con personajes tomados del natural, pintadas con colores suaves y enmarcadas en ambientes agradables, le hicieron uno de los artífices preferidos de la burguesía del momento.
A mitad de camino entre lo religioso y lo popular, se encuentra esta representación de la Sagrada Familia, obra de juventud del artista (ca. 1650), adquirida en 1746 por la reina Isabel de Farnesio para su colección particular del palacio de la Granja. Durante la guerra de la Independencia fue requisada y expuesta en París, en el Museo Napoleón, hasta su devolución a España en 1818. Ingresó en el Prado al año siguiente.
Murillo concibe la escena sacra del mismo modo que Velázquez se había acercado al tema mitológico: una visión cotidiana que tiene como fondo el taller de un carpintero, en la que ningún rasgo particular nos conduce a pensar que estamos ante la familia de Nazaret. Éste fue también el aspecto que más llamó la atención de D. Félix José Reinoso, como demuestran los versos que dedicó al pintor sevillano en su oda a Las artes de la imaginación:
Más si al uno beldad, si al otro audacia
Natura entre sus dones dio propicia,
a ti reserva, seductor Murillo,
la dulzura y la gracia.
Otros el pasmo son: tú la delicia.
Mi corazón es tuyo: ¡cuál encanto
derrama tu pincel! ¡Qué tierno brillo!
Tú del empíreo santo
la luz viste sin velo
y la mostraste pura al bajo suelo.
La ternura en la mirada de la Virgen, el gesto amable y protector de José y el candor infantil del Niño que juega con el perro y el pajarito hacen de ella una obra deliciosa.