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Martes, 17 de agosto de 1999

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Arte / Claroscuro

Duelo a garrotazos

Por Susana Calvo Capilla

Es una de las llamadas Pinturas negras, que decoraban la Quinta del Sordo, residencia del pintor antes de abandonar España camino de Burdeos (Francia), donde murió en 1828. Este Duelo a garrotazos ha sido bastante restaurado desde que Goya lo pintó entre 1820 y 1823 e incluso ha sufrido algunos cambios: las radiografías han confirmado testimonios antiguos que decían que se veían completas las piernas de los dos hombres.

Las interpretaciones dadas a esta inquietante escena han sido diversas. Muchos autores ven en ella la expresión de una idea universal, la de que el hombre ha nacido para la violencia, para interminables discordias y luchas fratricidas. En el momento en que Goya pintó este cuadro, España estaba profundamente dividida y enfrentada. A la sangrienta Guerra de Independencia contra las tropas napoleónicas siguió una contienda civil y una etapa de desórdenes. Con todo ello desaparecieron las esperanzas que muchos liberales e ilustrados españoles, entre ellos el propio Goya, tenían depositadas en la nueva sociedad de libertades surgida de la Revolución Francesa y en la Constitución de Cádiz de 1812.

Como en el resto de las pinturas negras y en sus anteriores series de grabados, Goya da aquí su aguda y pesimista visión de la sociedad española, al tiempo que critica la situación política y a sus responsables, los gobernantes. Esta imagen del Duelo a garrotazos ha servido, a menudo, para simbolizar la existencia de dos Españas antagónicas; esas dos Españas que, en 1936, volvieron a enfrentarse en una cruenta guerra civil, una contienda que arruinó de nuevo las esperanzas de una España democrática, que acabó con el gobierno de Manuel Azaña y con la segunda República Española.

Como Goya en 1823, muchos artistas e intelectuales españoles tuvieron que exiliarse tras el comienzo de la guerra civil.

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