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Jueves, 12 de agosto de 1999

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Literatura

El canalillo

Por José Jiménez Lozano

Cada día que pasa, podemos ver que aquello de la caballería andante era cosa seria. No sólo, desde luego, porque leyendo sus historias a Don Quijote se le secó el cerebro de admiración e impulsos, y creyó que el mundo en que vivía y su maldad podían ser vencidos con el esfuerzo y la nobleza de aquellos caballeros; y no sólo porque a Teresa de Ávila la inspirase una alta fábula de caballería mística con un castillo de cristal y en él muchas moradas, sino porque el quid mismo de lo que nos pasa en nuestro tiempo aquellos caballeros ya lo tenían solucionado. Quiero decir, el quid ético.

En un momento dado del progreso en las armas blancas de la época, en efecto, las espadas iban provistas de un canalillo, que no era un adorno o estética precisamente; era un medio para que, en el momento de herir, entrase aire y la herida se infectase. Gran invento, ciertamente, en el propósito de aniquilar; pero sucia cosa, se dijeron entonces para sí los caballeros. Ninguno que así se llamase usaría tal espada, tal engaño, tal trampa de muerte. Un caballero jugaba siempre limpio.

Luego, más adelante, también se habló de fair-play, pero, ya en nuestro tiempo, escrúpulos así ¿qué son? Los caballeros andantes siempre pierden, y los Haldudos, mesoneros, mozas del partido y duques, siempre ganan, luego la conclusión es neta. El canalillo en la espada se llevó por delante el quid ético, y la ética debe de andar por donde los caballeros andantes.

¿Y por dónde andamos y andaremos los hombres?

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