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Aldea y corte


Miércoles, 4 de agosto de 1999


Por José Jiménez Lozano

El libro de don Antonio de Guevara Menosprecio de Corte y alabanza de aldea sigue siendo hoy una joya literaria, pero no se sabe bien, al leerlo, si realmente el tema le preocupaba a su autor algo o simplemente fue un pretexto para un ejercicio literario. «En ninguno de mis libros [dice] he fatigado tanto mi juicio, ni me he aprovechado tanto de mi memoria, ni he adelgazado tanto mi pluma, ni he pulido tanto mi lengua, ni aun he usado tanto mi elegancia.»

¿Es que era tan arduo asunto? —nos preguntamos. Guevara ha corrido las siete partidas, ha estado en la Corte del emperador Maximiliano, del Papa, del rey de Inglaterra, y en los señoríos de Génova, Venecia y Florencia, y a lo mejor no le ha ido muy bien, a lo mejor ha quedado harto, y la paz aldeana le ha parecido una cura, a su regreso. A Maquiavelo también se lo parecía pero no la aguantaba; quería volver a servir a los Médici, aunque fuera para dar vueltas a una piedra; y lo mismo le pasaba a Don Juan Valera: una semana en su casa del pueblo, y se largaba a Madrid. Estos horacianos son así.

Quizás pensaban en un retiro fastuoso, en una villa, que al fin y al cabo es una Corte. O en un descansadero de fin de semana. Después de leer Menosprecio de Corte y alabanza de aldea Antonio de Guevara nos parece el patrón de los modernos chalés y hasta de las urbanizaciones. Ningún menosprecio, ninguna alabanza, Corte y cortijo.


Buzón de Rinconete
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