Arte / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
Qué diferente se muestra el pintor aragonés frente a la épica de los grandes cuadros de historia, en los que de forma grandilocuente se intenta presentar las gestas pseudomíticas de la guerra... Y más en un siglo como el xix, en el que el nacionalismo romántico exacerbado impregnó muchas de las creaciones artísticas de buena parte de los contemporáneos de Goya.
De nuevo, como hace en tantos y tantos trabajos, el pintor prefiere trascender los hechos concretos y mostrarnos la miseria a la que el hombre es capaz de llegar, sin entrar en valoraciones morales de quién pueda tener la razón o de quién pueda ser el culpable. Los soldados que deben consumar el fusilamiento son anónimos, como esos hombres que yacen en el suelo o que van a morir. Los inminentes disparos que han de sonar deben hacer blanco, en una blanca camisa, como si de un macabro juego se tratase. Tal vez, esos hombres no sabían nada de sus respectivas situaciones, que sin duda no eligieron.
¿Es posible encarnar con una sola imagen semejante canto pacifista?
Los fusilamientos de la Moncloa
Él lo vió... Noche negra, luz de infierno...
Hedor de sangre y pólvora, gemidos...
Unos brazos abiertos, extendidos
en ese gesto de dolor eterno.
Una farola en tierra casi alumbra,
con un halo amarillo que horripila,
de los fusiles la uniforme fila
monótona y brutal en la penumbra.
Maldiciones, quejidos... Un instante,
primero que la voz de mando suene,
un fraile muestra el implacable cielo.
Y en convulso montón agonizante,
a medio rematar, por tantas viene
la eterna carne de cañón al suelo.