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Viernes, 30 de agosto de 2013

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De estampida, de estampía (2)

Por Pedro Álvarez de Miranda

Es en el segundo cuarto del xix cuando surge de estampía, y lo hace, con toda seguridad, en los medios taurinos. Ello justifica la pérdida de la -d-, por el difuso andalucismo, o si se prefiere mero popularismo, que es consustancial a tales medios (compárese dar la espantada > dar la espantá). Los ejemplos abundan:

Cebado el toro en dar cornadas a este en todas direcciones, hubiérase sin duda encontrado con el ginete a no haberle lanceado con la garlocha Manuel Parra, haciéndole salir de estampía al dolor de los puyazos (Correo Literario y Mercantil, 16 de julio de 1828).

Era el cuarto de Gaviria, y saliendo de estampía arremetió a Sevilla cogiéndole desprevenido, y dio con él en tierra, dejándole tan mal parado que le creyeron muchos en la eternidad (Abenámar [Santos López Peregrín], Abenámar y El Estudiante, 14 de febrero de 1839).

El segundo toro sería del partido exaltado, y saldría de estampía, y bramando por aquella plaza (Abenámar, en Colección de artículos satíricos y festivos, I, 1840).

Salió de estampía corneando a diestro y siniestro (La Posdata, 18 de mayo de 1842).

Suena el clarín, sale el toro
de estampía, para, llega,
y uno tras otro, la gente
de a caballo pica y rueda.
(Manuel M. de Santa Ana, Romances y leyendas andaluzas, 1844).

El periodista Santos López Peregrín, Abenámar, parece que fue, como hemos visto, bastante aficionado a emplear de estampía en sus crónicas taurinas; y si nos atenemos a un comentario suyo —algún otro ejemplo, en el que no podemos detenernos, lo confirma—, la palabra llegó a tener un uso sustantivo; era fácil asociar estampía con estampa, y Abenámar sale al paso de tal confusión, explicando el significado de la primera:

Ha invadido la plaza fray Gerundio y en un artículo de toros ha escrito, como profano, cien heregías tauromáquicas, diciendo entre ellas que un toro de buen trapío tenía buena estampía. ¡Ah, reverendo, reverendo! […] La estampía en los toros no tiene nada que ver con la estampa ni su figura: esta en lenguage técnico se llama trapío. Estampía es la violencia con que el toro sale de su terreno sin llevar en su viage objeto conocido (Diario Constitucional, 31 de julio de 1839).

En efecto, el autor de Fray Gerundio, Modesto Lafuente, había hablado de la «buena estampía» de un toro poco antes, en el número del 12 de julio de dicho periódico.

Ya sabemos que en 1869, al recoger el diccionario académico por vez primera estampía, señalaba que uno de los verbos con los que se combinaba era embestir, en lo que, desde luego, hay que ver un eco del empleo taurino. Pero a la Academia se le había adelantado el Diccionario enciclopédico de la lengua española (1853) de la editorial Gaspar y Roig, en el que la adscripción a ese mundo es explícita:

ESTAMPÍA (salir de): fr.: dícese especialmente del toro que sale con gran velozidad del toril y se va derecho al lidiador.

En todos los textos taurinos que hemos citado de estampía acompaña, en efecto, al verbo salir, y en algunos esa salida es ciertamente la de toriles; pero también puede ser cualquier otra arrancada de la fiera, incluida la que se produce cuando huye del castigo.

Pues bien, si el texto taurino más antiguo que hemos localizado es de 1828, siete años después encontramos ya nuestra locución, y sin la -d-, en un contexto no taurino; es un pasaje de la curiosa novela de José García de Villalta El golpe en vago. Cuento de la 18.ª centuria (1835):

Los hago yo volverse solos a la cárcel, sacan a su señoría, suena el tambor del capitán y salen de estampía.

Y a partir de ahí en muchos otros textos: «¡Y se marcha de estampía / a escribir la apología / de nuestro caro ministro!» (Ramón de Navarrete, Pecado y expiación, 1847); «sale el Marqués de estampía con el espadín en la mano desnudo…» (Tomás Rodríguez Rubí, Las Indias en la Corte, 1856); los niños de la escuela «salen de estampía, gritando, y en desquite de las muchas horas que han estado encerrados y sin movimiento se despachan a su gusto» (Pedro Mata, Tratado de la razón humana, 1858); etcétera.

En la segunda mitad del xix y en la mayor parte del xx de estampía tuvo bastante más uso que de estampida. Sin embargo, en el último cuarto del pasado siglo la forma plena ha ganado el mucho terreno que le había arrebatado la forma sin -d-, y hoy la supera con claridad en frecuencia de empleo.

Alfonso Reyes, en un artículo de 1959 (recogido en Las burlas veras, tomo XXII de sus Obras completas), llegó a criticar el uso de estampida por estampía, creyendo hallarse ante una ultracorrección del tipo bacalado por bacalao. Pero no había motivo para el reparo, pues bacalao nunca tuvo -d-, mientras que estampida no estaba haciendo otra cosa, por uno de esos vaivenes que se dan en la historia de la lengua, que recuperar la suya. Parece, por lo que hemos dicho, que lo ha conseguido, sin que —al menos por el momento— haya desaparecido estampía. El temor de don Alfonso Reyes («es una lástima que se pierda esta sabrosa palabra por un alambicamiento y melindre de los que quieren hablar en “fisno”», escribió) no parecía justificado.

En cualquier caso, lo que queríamos subrayar es que nuestra locución arraigó en la lengua, con -d- o sin ella, gracias a la fuerza con que irrumpió de estampía, en el xix, en el vocabulario taurino. Una vez más comprobamos hasta qué punto el lenguaje de la lidia ha calado en nuestra expresión cotidiana, como tantas veces se ha señalado y estudió Andrés Amorós en su libro Lenguaje taurino y sociedad. Ni los más virulentos antitaurinos pueden hoy sustraerse al empleo de estar al quite, entrar al trapo, pinchar en hueso y tantas otras expresiones, entre las que podemos incluir ahora de estampía. Tendrán que reconocer que, al menos, la aportación de los toros al acervo lingüístico colectivo sí ha supuesto un enriquecimiento.

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