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Martes, 27 de agosto de 2013

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PATRIMONIO HISTÓRICO

Románico romántico (45). La ventriloquia barojiana de 1828

Por José Miguel Lorenzo Arribas

Pío Baroja en Humano enigma (Madrid: Caro Raggio, 1928), uno de los libros de la saga de lo que podríamos denominar «novela histórica» que lleva por título genérico Memorias de un hombre de acción, reproduce una conversación que fecha en 1838 en boca de dos aventureros, un inglés y un francés. Visitan Saint Bertrand de Comminges, la localidad del Alto Garona tan fecunda en testimonios medievales, y, disfrutando del claustro de su catedral, mantienen esta conversación (p. 46):

—¿Esto es el arte románico? —preguntó Max a Hugo.
—Sí.
—¿Anterior al gótico?
—Anterior.
—¿Le gusta a usted?
—Antes me parecía que me gustaba mucho. Ahora creo que me deja indiferente.
—Yo no lo entiendo —dijo Max.

Si en la página 46 de la novela se daba cuenta del diálogo, más adelante (p. 241) también aparece mentado un «ajimez románico». Los adjetivos son los que sorprenden, ya que gótico como equivalente de medieval estaba instalado en el lenguaje en tiempos de Baroja y en los de la conversación, aunque entonces tan góticos fueran el rey godo Recesvinto como la catedral de León. A finales del siglo xviii, Gaspar Melchor de Jovellanos en carta a Antonio Ponz afirmaba que «la arquitectura llamada gótica, es hija de la morisca y nieta de la griega».

Comentaba Gaya Nuño, autor que descubrió esta cita, que tal diálogo era de una «perfecta ingenuidad barojiana» porque en 1838 todavía faltaban muchos años para que se produjera el deslinde entre románico y gótico. Creía entonces el soriano que en España los iniciadores del término románico habían sido, en 1894, su paisano Teodoro Ramírez Rojas ex aequo con Enrique M.ª Repullés y Vargas, arquitecto restaurador de la basílica románica de San Vicente de Ávila, además de ocasional constructor neogótico (iglesia de Santa Cristina, en el paseo de Extremadura de Madrid, 1904-1906). Hoy sabemos que no es así, como ya se dijo al comienzo de esta serie, y que autorizados críticos escribieron «románico» en castellano ya en la década de los años cuarenta del siglo xix, casi al tiempo de la fecha de la conversación entre los dos amigos que Baroja recrea.

Curiosamente, fueron un inglés y un francés (qué intuición la de don Pío) los que, también más o menos a la vez, comenzaron a emplear el término románico aplicado al estilo artístico europeo, por más que en España gustaba más romano-bizantino, o bizantino a secas, abreviando… y añadiendo más confusión. Los personajes barojianos, para haber podido emplear el término, hubieron de haber leído o los dos volúmenes de Alexandre de Laborde (Les monuments de la France, classés chronologiquement et considérés sous le rapport des faits historiques et de l’etude des arts), redactados entre 1816 y 1836, cuya influencia contribuiría a la adopción hispana del préstamo filológico adaptado a la historia del arte, o directamente la fuente original, An Inquiry Into the Origin and Influence of Gothic Architecture de William Gunn (publicado en 1819, pero redactado ya en 1813, según data del «Prefacio»), autor que justifica el nuevo uso del vocablo con este argumento:

From the utter inability to adopt a term sufficiently expressive, I feel myself under the necessity of modifying one for my purpose. The Italian termination esco, the English and French esque, is occasionally allowable; thus we say pittoresco, picturesque and pictoresque, as partaking of the quality to which it refers. A modern Roman, for instance, of whatever degree, calls himself Romano, a distinction he disallows to an inhabitant of his native city, whom, though long domiciliated, yet from dubious origin, o foreign extraction or alliance, he stigmatizes by the term Romanesco. I consider the architecture under dicussion in the same point of view.

Así pues, de haber hecho traducción literal, el término que debería haber sido utilizado en castellano habría sido romanesco (el sufijo sí se adoptó para morisco), o romancesco, en deuda con la palabra occitana de la que derivan las demás patrimoniales de este ramo (romanz). Conste que Antonio Zabaleta, en 1846, utilizó como sinónimas la «arquitectura llamada latina, románica o romancesca». Pero fue Mesonero Romanos, sin saberlo, quien nos dio una razón de por qué no triunfó este vocablo, cuando en un pasaje de sus Escenas matritenses, escrito prácticamente en la misma fecha en que se sitúa el diálogo barojiano que nos ha entretenido, afirma (con cursivas mías):

¿Qué cosa es romanticismo? […] y los sabios le han contestado cada cual a su manera. Unos le han dicho que era todo lo ideal y romanesco; otros por el contrario, que no podía ser sino lo escrupulosamente histórico; cuáles han creído ver en él a la naturaleza en toda su verdad; cuáles a la imaginación en toda su mentira; algunos han asegurado que sólo era propio a describir la Edad Media […]

Seguro que Baroja tampoco sabía esto pero, como en literatura todo es posible, lo supieron algunos de sus románticos personajes, como Max y Hugo, a ninguno de los cuales el románico era capaz de emocionarles.

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