PATRIMONIO HISTÓRICO
Por José Miguel Lorenzo Arribas
Será a finales del siglo xv cuando en las parroquias de Castilla se comience a llevar cuenta de los sacramentos impartidos, apuntándose (asentándose) a quién se sacramentaba, cuándo, dónde y por quién. No antes, que en tiempos románicos la sociedad era ágrafa y los pergaminos caros, reservados para fines más solemnes.
Fue un intento antiguo de la Iglesia el de llevar el cómputo de almas (nómina de contribuyentes también, según se mire), cristalizado en ese momento en que nacen los llamados libros sacramentales, en papel, registro impuesto con carácter general en la Europa católica después de Trento. Así, actos naturales (nacimiento, defunción) o convencionales (confirmación, matrimonio) pasaban a tener validez notarial siempre que mediara el clérigo autorizado correspondiente. La Administración eclesiástica irrumpe en la vida privada, y con ella el consiguiente control ideológico (quien monopoliza el ritual tiene la sartén por el mango del chiringuito) y unos pingües réditos económicos, pues todo cuesta y se pondera económicamente. Hasta morirse tiene un precio, acto por el que se ingresará a la Iglesia, además del rompimiento de sepultura (coste de abrir y cerrar las tumbas en la nave del templo, el gasto menor), una serie de mandas testamentarias más o menos generosas en función del poderío económico, para que la institución haga de intercesora por el alma del difunto.
En estas, nos encontramos en la cuarta década del siglo xviii a un sacerdote celoso de su misión y del cuidado que ha de tenerse con el archivo de estos registros. Debió llegar a Caracena (Soria) hacía poco, con un carácter fuerte, cierta socarronería y gusto por el orden. No le gustó lo que se encontró en los libros de las dos vetustas iglesias de origen románico que a partir de entonces habría de administrar él.
Este libro dio fin siendo cura Dn Fernando Coronel, natural de la Villa de Molina de el Reino de Aragón. Por estar mal ordenado y conzertado, por hallarse todas las partidas mezcladas así de Baptizados, Casados como de Difuntos, mal orden por zierto, así lo berá el que lo biese y si es cura béalo bien y atienda a su cargo y ofizio, y sepa qué cada Clase a de estar de por sí y no como [en]salada ytaliana o como baraxa de naipes viexos, y esto lo advierto para que lleven el orden que oi se lleva y estilla, que es los Baptizados en una parte, los casados en otra y los difuntos en su clase, que así no será confusión, y en esta Villa se a de advertir mexor porque ai dos parrochias y cada parroquia tenga sus libros que esto es de observar para maior claridad, y esto lo adbierto a cada cura, sea de San Pedro o de Santa María, como io lo soi en esta ora, y para que conste, lo firmé en esta Villa de Carazena, 28 de Maio de el año 1735.
Franco Herrero Semolinos [rúbrica].
(Archivo Histórico Diocesano de Osma-Soria, Libro 109/2, f. 114r)
El sacerdote Herrero estaba convencido de que mezclando bautismos, defunciones y matrimonios no salía un libro sacramental, sino un pastiche, una ensalada o una baraja vieja, donde los palos (manjares o linajes también llamados en la época) no estaban agrupados, bastos con bastos, oros con oros, sino en promiscuo desorden y reprobable confusión. Algo que nunca haría un avezado jugador, que dispondrá en su mano los naipes en escrupuloso orden de cara a organizar rápidamente el lance cuando le toque echar carta.
En realidad, lo que el celoso párroco estaba enunciando era una norma que desde el siglo xix, en pleno auge positivista y romántico, es el abecé organizativo de cualquier archivo, llamado «principio de procedencia», por el que se establece, según los manuales al uso, que los documentos producidos por una institución u organismo no deben mezclarse con los de otros. De aquí derivan dos principios de respeto: a la estructura (la clasificación interna de un fondo debe responder a la organización y competencias de la institución u organismo productor) y al orden original (no se debe alterar la organización dada al fondo por la institución u organismo productor). Bajo estas premisas, realmente, se había organizado el magno Archivo General de Simancas en tiempos de Felipe II, una avanzadilla en lo que a modelo de archivo centralizado se refiere. El calificativo de «rey burócrata» había de servir para algo.
Tradicionalmente admitido que el principio de procedencia lo enuncia el francés Natalis de Wailly en 1841 (el poder de la archivística gala no ha sido obviamente ajeno a esta presunta primacía), estudios recientes parecen mostrar que otros teóricos de otros países (España entre ellos) lo hicieron varios años antes y más ajustadamente a lo que hoy se entiende por tal principio. En definitiva, nuestro cura con vocación de archivero, que no de tratadista, con un afán puramente práctico quiso aplicar un dicho presente en el Diccionario de Autoridades nueve años antes de su apunte: «a cuentas viejas, barajas nuevas»… aunque los nuevos libros sacramentales se encuadernen en pergaminos viejos, románicos muchas veces (que hoy separan cuidadosamente en los archivos porque forman una unidad documental diferente), a modo de cajita de naipes, para evitar, nuevamente, que los folios se barajen y volvamos a la ensalada, a la timba.