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Martes, 28 de agosto de 2012

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PATRIMONIO HISTÓRICO

Arte rupestre al aire libre

Por Eva Belén Carro Carbajal

Poder admirar un grabado realizado hace más de veinte mil años es una experiencia indescriptible. Y poder hacerlo al aire libre, a las orillas de un río, intensifica las emociones al máximo, casi a flor de piel.

Tener ante tus ojos esas figuras evocadoras y gráciles, armoniosas pero enigmáticas, se convierte en un momento único, mágico incluso, difícil de explicar con palabras. ¿Pueden imaginarse a grupos de hombres y mujeres de nuestra especie en busca del alimento que les permite vivir y sobrevivir, alimentarse y vestirse, al mismo tiempo que graban en las rocas esos animales que cazan, ciervas y uros, yeguas y caballos?

Hablamos del periodo Solutrense, en el Paleolítico Superior. Tribus seminómadas del norte de la península ibérica descienden hacia tierras más cálidas durante el verano, con el propósito de proveerse de alimento y de pieles para el resto del año. La estación arqueológica de Siega Verde, en Villar de la Yegua (Salamanca), da buena prueba de ello.

Descubierta en 1988 (los pastores de los pueblos cercanos eran discretos sabedores de su existencia) y tras rigurosas investigaciones, fue reconocida como Bien de Interés Cultural diez años después. El 1 de agosto de 2010 la UNESCO declaró la zona arqueológica de Siega Verde Patrimonio de la Humanidad, como extensión del Valle del Côa, en Portugal. Ambos sitios arqueológicos, Patrimonio Mundial, permiten retrotraernos más de veinte mil años en el tiempo y contemplar los grabados que han llegado hasta nosotros en perfecto estado de conservación. Su función última es ayudarnos a comprender algunas motivaciones que llevaron a nuestros antepasados a grabar en las rocas cercanas a las orillas de los ríos Águeda y Côa, afluentes del Duero, esas imágenes de animales salvajes, mientras preservan dichos lugares de agresiones externas.

El arte rupestre que puede admirarse en la zona arqueológica y el Centro de Interpretación de Siega Verde se considera el mejor ejemplo español al aire libre, cinco mil años anterior al famoso «Techo de los Polícromos» de Altamira (Santillana del Mar, Cantabria), también paleolítico, pero del periodo Magdaleniense. No podemos olvidar que hablamos de arte rupestre en el exterior, con todos los problemas que supone a efectos de conservación, incluido el emplazamiento de las rocas grabadas en la orilla occidental del río Águeda. Este hecho imposibilita que aparezcan útiles u otros restos materiales que permitan datar de forma absoluta los grabados, como el carbono 14, y que se recurra a la comparación con otros testimonios paralelos del vecino Parque Arqueológico del Valle del Côa.

Entre los grabados de Siega Verde destacan los uros (bóvidos salvajes muy parecidos a los toros, extinguidos en Europa en el siglo xvii) y las ciervas, las cabezas de caballos comiendo o bebiendo y las yeguas. Estas representaciones zoomorfas están ejecutadas, fundamentalmente, con la técnica del «piqueteado», que permite la conformación de la silueta del animal gracias a pequeños impactos sucesivos en la roca pizarrosa. También existen símbolos y signos, más difíciles de interpretar pero asimismo significativos, que son paralelos a otros encontrados en cuevas paleolíticas del mismo período, entre ellos los que se asemejan a sexos femeninos y masculinos.

No muy lejos del enclave de Siega Verde se encuentra el castro de Yecla de Yeltes, uno de los mejores conjuntos de arquitectura defensiva de la Segunda Edad del Hierro, que también ofrece un singular repertorio artístico de grabados rupestres al aire libre en algunas piedras de mampostería que conforman la cara externa de la muralla.

Estos son solo algunos ejemplos de un patrimonio rupestre único de cuya conservación todos somos responsables y, por tanto, de su futuro.

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