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Jueves, 16 de agosto de 2012

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LENGUA

La desdemostrativización de un demostrativo (ese)

Por Pedro Álvarez de Miranda

Empieza el espacio televisivo dedicado a la información meteorológica. Aparece en la pantalla, sin más preámbulos, la persona encargada de ofrecer y explicar dicha información, y comienza diciendo lo siguiente: «Buenas tardes. Esa ola de calor sigue sobre la península». Quiero insistir, para que se entienda lo que luego vendrá, en que el enunciado que entrecomillo es el comienzo absoluto de un discurso lingüístico, sin que nada del mismo orden —lingüístico— lo haya precedido. Ningún otro locutor ni locutora ha dado paso al meteorólogo, interesándose de antemano por una ola de calor o refiriéndose previamente de algún modo a ella. Tampoco está el antaño llamado «hombre del tiempo» (ahora, con frecuencia, mujer), cuando aparece en pantalla, señalando físicamente hacia ninguna ola de calor representada en un mapa o imagen. No hay nada de todo eso. El comienzo de la comunicación se ha producido exactamente del abrupto modo que hemos dicho.

Como se ve, después del saludo («Buenas tardes») el locutor ha iniciado su mensaje empleando un adjetivo determinativo (así nos lo enseñaba la gramática), o si se prefiere un determinante (así suelen llamarlo los escolares de hoy), del tipo de los llamados demostrativos: «Esa ola de calor…».

¿Qué son y para qué sirven los demostrativos? Cumplen una función que podemos llamar, utilizando un término relativamente comprensible, señalamiento, o, acudiendo a otro más técnico, deixis. Sirven fundamentalmente para mostrar, para señalar. Señalan y sitúan, ante todo, en el espacio físico: lo cercano al emisor (este), lo cercano a un receptor y ubicado, por tanto, a una distancia media del que habla (ese) y, en fin, lo lejano o alejado de ambos (aquel). También sirven para señalar en el tiempo («estos días me encuentro pachucho», «en aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos»). Y, en fin, tienen capacidad para señalar, dentro del discurso mismo, elementos ya enunciados, de acuerdo con su mayor o menor cercanía, de modo similar a como ocurre en el ámbito puramente espacial. Este tipo particular de deixis recibe el nombre de anáfora. Aduzcamos un ejemplo citado en la Nueva gramática de la lengua española de la Academia: «Después de la tormenta llega la calma. Ojalá sirvan esta y aquella para reflexionar».

Si el señalamiento que hace nuestro locutor meteorólogo no es físico o espacial («ostensivo», podemos llamarlo también) ni tampoco es textual o lingüístico (no hay ni puede haber ninguna referencia anafórica a una ola de calor mencionada previamente por él u otros, pues estamos en un comienzo absoluto del acto comunicativo), ¿de qué tipo será? La respuesta no puede ser otra que esta: el demostrativo empleado (yo sí que podría escribir aquí «ese demostrativo empleado») ha perdido su función mostradora o deíctica, se ha vaciado de ella. En realidad, el comienzo esperable de la intervención oída sería, sencillamente, este: «La ola de calor sigue sobre la península». Ese comienzo, con un simple artículo (la), es también el que con toda probabilidad habríamos escuchado hace unos años, antes de que nuestro comunicador sucumbiera a una moda lingüística que entre los de su oficio está resultando arrasadora: la utilización del segundo de los determinantes demostrativos de la serie ternaria (ese, esa) como un mero presentador o actualizador vacío del sustantivo; en definitiva, como un mero artículo. Si se escuchan con cierta atención los boletines de noticias radiofónicos o televisivos se podrá hacer copiosa cosecha de ejemplos.

Nihil novum sub sole. El fenómeno nos viene de perlas a quienes hemos de explicar historia de la lengua, pues brinda la posibilidad de que los estudiantes observen en vivo exactamente el mismo proceso que dio lugar, hace un buen número de siglos, a la aparición del artículo en las lenguas románicas a partir de los demostrativos latinos. El proceso de gramaticalización que condujo desde el demostrativo ille hasta el artículo el es parecidísimo a la incipiente «desdemostrativización» —o «articulización»— de ese que aquí comentamos. Es más, del mismo modo que en español el pronombre de identidad latino ipse, ipsa, dio lugar al demostrativo que aquí nos ocupa, ese, esa, en el catalán de Baleares se conservan unas formas del artículo determinado, es, sa, que descienden justamente de aquellas formas del latín. La coincidencia con nuestro caso es preciosa.

A estas alturas, seguramente, el fenómeno que comentamos no llegará a triunfar (aunque nunca se sabe…). Lo que es muy significativo es que afecte precisamente a la forma intermedia de la serie ternaria (este - ese - aquel), que es la menos marcada de las tres, en cierto modo la de mayor imprecisión o debilidad mostrativa, y por tanto la más proclive a un eventual vaciamiento. Nótese, en fin, que muchas lenguas, incluidas varias de las románicas, funcionan tan perfectamente como la nuestra con una oposición binaria de solo dos demostrativos, los equivalentes a nuestros este y aquel.

Con lo cual, naturalmente, no estoy alentando a los informadores a perseverar en la extraña manía «desdemostrativizadora» que los aqueja. Oigo en la radio: «Se ha formado en la A-6 ese embotellamiento», y tiendo a preguntarme —no sin cierta irritación— «¿cuál?», porque nadie ha aludido previamente a él. Tampoco está el demostrativo anticipándose catafóricamente a un relativo posterior con función especificativa, como ocurriría en la frase «se ha formado en la A-6 ese embotellamiento que es habitual los domingos por la tarde». Pronto caigo en la cuenta, pues, de que lo que el periodista quería decir era, sencillamente, esto: «Se ha formado en la Nacional un embotellamiento». Mas, por muy consabidos que sean los atascos, esa especie de deixis en ausencia no es de recibo, y, como ya he dicho, hasta hace relativamente poco no se daba en nuestra lengua. Prosigue el noticiario con un nuevo corresponsal, que nos espeta: «Ha concluido en Bruselas esa cumbre de jefes de estado y de gobierno» —sin que nadie desde Madrid, insisto en el detalle porque es de suma importancia, le haya preguntado por ella—, por no decir —qué vulgar sosería— lo que siempre se venía diciendo en casos así: «Ha concluido la cumbre de jefes de estado y de gobierno».

¿Será una moda pasajera? Habrá que estar atento a la evolución de tal articulofobia, o, mejor dicho, a esta tendencia a sustituir los artículos existentes por uno nuevo. No parece probable, sin embargo, que en el español del siglo xxi vaya a consumarse un cataclismo gramatical semejante.

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