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Martes, 14 de agosto de 2012

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PATRIMONIO HISTÓRICO

Románico romántico (37). Los naturales dicen, o restaurar con mp3

Por José Miguel Lorenzo Arribas

Una imagen vale más que mil palabras, pero no suelen abundar trazas, borrones, bocetos, grabados o fotografías antiguas de los bienes que se desea restaurar. Salvo monumentos importantes y significativos, la mayoría restante apenas tiene memoria visual registrada de cierta antigüedad. Entonces, cuando no hay representación gráfica que valga, las palabras pueden ser un soporte fundamental de información para reconstruir una hechura perdida. Y decir palabras es decir tradición oral.

Dicha información, complementaria y previa a la intervención, puede adquirirse si hay un poco de suerte, buenas/os informantes (mejores ellas que ellos por lo común), voluntad de escucharles y concederles autoridad, y si se trata correctamente. Hasta hace poco, este método de conocimiento científico ha parecido interesar solo a la etnografía y la antropología, así como a la literatura comparada. Tímidamente ha comenzado a implantarse en la historia contemporánea para tratar de aportar nueva información relacionada con sucesos vividos por las/los informantes, y estas nuevas fuentes han demostrado su potencia, algo que ya venían avisando desde hace décadas profesionales sensibles a la voz anónima, tachada entonces de no relevante, de saber devaluado. Pero este saber común, expresado en voces particulares, no solamente interesa a la historia contemporánea o a la «historia del tiempo presente», sino que la tradición oral puede informar y aportar datos de interés a cualquier periodo cronológico, utilizándola con la metodología adecuada y las correspondientes cautelas críticas. Es decir, tratándola como cualquier otra fuente histórica.

Convencido de la bondad de estos planteamientos el Proyecto Cultural Soria Románica, dedicado a la restauración e investigación del patrimonio románico de esta provincia, asumió ese reto y, junto a la tarea arquitectónica, arqueológica, restauradora de bienes muebles, la habitual de los archivos, etc., fue a por las y los informantes. Para serlo, debían contar con un requisito básico: ser habitantes de las localidades que intervinimos, residentes de larga duración en ellas o personas procedentes de allí, aunque la emigración les hubiera llevado a residir en ocasiones a muchos kilómetros de distancia, pero que hubieran conocido los templos antes de su partida. El resultado: ochenta informantes encuestados y unas veinticuatro horas limpias de grabaciones, una vez tratada la información obtenida en bruto.

Todo este caudal informativo no solamente debe considerarse como propedéutico para la propia intervención, sino que es parte de la restauración misma. Si la conservación de la documentación depositada en los archivos está garantizada por ley, no ocurre así con las experiencias y modos de vivir en relación con los objetos patrimoniales. O se recoge de algún modo, o se pierde definitivamente cuando esas personas desaparecen. En este caso, la voz viva, registrada, tratada, indexada, y finalmente archivada en soportes digitales, aporta información sobre el bien correspondiente y lo contextualiza. Las memorias individuales se registran en archivos de mp3 en la memoria de la intervención, del mismo modo que la documentación de archivo, los análisis técnicos y el resultado material sobre el propio bien, para permitir un mejor conocimiento del mismo.

Este contexto es parte fundamental de la tarea de conservación, que quedará para futuras generaciones, del mismo modo que se lega una compleja fábrica edilicia o una humilde talla intervenida. De paso, interviene el pueblo en la restauración, y no nos deja solos a los técnicos y a nuestros eruditos procederes. No es mala cosa, y es que hay métodos que solo ofrecen beneficios.

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